¿En qué trabajaría usted si no tuviera que preocuparse por dinero? Es posible que nos hagamos esa pregunta un par de veces en la vida, y aunque la respuesta nunca es del todo clara cuando el factor económico no pesa, ¿contemplaría usted dedicarse a la prostitución? ¿podría ser una opción que extraños tengan encuentros sexuales con usted, sin existir una atracción previa, y únicamente por placer, sin considerar el dinero?
Ayer, la Corte Suprema de Justicia emitió una sentencia que condenó a un hombre por explotar sexualmente a cuatro menores de edad y, en el mismo fallo, sostuvo que la prostitución no puede entenderse como un trabajo ordinario, sino como explotación sexual.
Esta postura contradice lo que se ha venido planteando en los últimos años desde la Corte Constitucional, que en varias sentencias había reconocido el respeto laboral a las personas que ejercen actividades sexuales pagas, garantizándoles vida digna, mínimo vital, salud, seguridad social y estabilidad laboral reforzada.
Más allá del debate jurídico, el ejercicio de la prostitución es antiguo: suele decirse que es uno de los oficios más viejos de la humanidad, ejercido sobre todo por mujeres. Y los datos lo confirman. Según la caracterización que la Fundación Empodérame realizó en 2024 con Metrosalud, el 82% de las personas en prostitución en Medellín son mujeres, y el 41,7% son migrantes venezolanas, muchas en situación irregular.
La prostitución ha sido históricamente consecuencia de la falta de oportunidades económicas, la pobreza extrema, la inseguridad y, en muchísimos casos, el abuso y el maltrato. El mismo estudio lo evidencia: el 60% de las mujeres que ejercen no terminó la educación secundaria, el 45% reportó haber sido víctima de violencia sexual en la infancia, y el 67% ha experimentado violencia dentro del contexto de la explotación.
Las cifras son escasas y eso concuerda con la clandestinidad de la actividad, pero sobre todo reflejan una realidad silenciosa y subregistrada que, en los últimos meses, se ha vuelto mucho más visible para la ciudad. Ya no solo para quienes habitan contextos de riesgo, sino también para quienes nunca habían tenido contacto cercano con personas en situación de explotación.
Para Medellín, esto es una problemática latente y cada vez más agresiva. El burdel a cielo abierto en que se ha convertido la zona rosa de El Poblado resulta evidente incluso para quienes solo atraviesan el sector de vez en cuando, así sea en carro. El auge del turismo extranjero ha alimentado el fenómeno: aunque no puede afirmarse causalidad, sí hay una sospecha razonable de que ese flujo ha incentivado la expansión de la oferta sexual en las zonas más visitadas por extranjeros.
La sentencia de la Corte agudiza aún más la lectura del problema en Medellín, nombra como explotación lo que todos hemos visto y, en muchos casos, cuestionado. Una población mayoritariamente femenina, expuesta a ejercer una labor que no quisiera ni debiera hacer, viviendo algo mucho más cercano a la violencia que a un trabajo y, sobre todo, ofreciendo su cuerpo como un producto más del mercado, como si sólo fuera eso, algo inerte, netamente disponible para un objetivo sexual.
Es claro que la problemática está atravesada por el conflicto armado, la trata de personas y el abuso a menores. Pero también está atravesada por la falta de condiciones dignas, de oportunidades y de recursos, en una ciudad donde muchas mujeres, incluso con hijos a cargo, no encuentran otra salida que ofrecerse en un mercado dispuesto a pagar, sobre todo cuando el cliente es extranjero y con mayor capacidad adquisitiva.
No puedo decir que todas las mujeres estén obligadas a ejercer, pero tampoco puedo afirmar lo contrario, la gran mayoría son víctimas de sus circunstancias y consecuencia de una ciudad con una cultura hipersexualizada y muy pocas condiciones económicas dignas.
¿Qué vamos a hacer? ¿Estamos seguros de que quieren ejercer esta labor? No se trata simplemente de una elección entre un trabajo y otro. En la mayoría de los casos es probable que no haya elección, y peor aún, que ni siquiera sea contemplado como un medio de vida, sino apenas como uno de supervivencia. Lo más doloroso es que ya no ocurre en la clandestinidad: está visible ante nuestros ojos. Y eso indica que el problema es mucho más grave de lo que ya era. No todo lo remunerado es trabajo. No es oficio, son circunstancias, y llamarlo trabajo, al final, solo puede ser una forma de encubrirlo.
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