Cuando la hipocresía “educa”

El lunes pasado, una de mis mejores amigas fue cruelmente atacada por un grupo de personas. Fue discriminada por su forma de vestirse y por su orientación sexual. Hombres y mujeres cuestionaron su participación en un evento en un colegio por la conmemoración del Día de la Mujer. Ella fue a hablar de su carrera profesional, de cómo había sobrevivido al bullying, de sus logros, de sus pasiones. Sin embargo, algunos la señalaron como si fuera una delincuente.

No voy a darles el beneficio de la complacencia con argumentos como: es un tema sensible, son diferentes opiniones. No. La homofobia no es una opinión. Es un delito.

El odio no es una opinión. Es una postura ética y moral  violenta y degradante que clasifica a las personas como buenas o malas por asuntos de raza, género, orientación sexual, entre otras. La discriminación no es pensar distinto. Es un delito. 

Creer que una mujer, por su forma de amar, de pensar y de sentir está creándoles confusión sexual o de identidad a unos niños no demuestra que haya algo de malo en ella. Demuestra lo enferma que está una sociedad en donde genera más escándalo eso que los comentarios agresivos que recibió. 

Mi amiga tiene una red de apoyo incondicional que la sostiene, un corazón gigante donde no cabe la maldad, y una mente excepcional y brillante que le han permitido sobrevivir en este mundo donde solo lo hetero normativo es aceptado. 

Pero pienso en ese montón de niñas y de niños que oyeron a sus padres juzgar la homosexualidad y atacar a una mujer porque no cumple con los estereotipos establecidos. Pienso en el miedo y en la inseguridad que sienten si habitan el mundo de manera diferente, si son homosexuales y ya lo saben, pero no lo han dicho, y en cómo será de triste y angustiante para ellos no tener una red de apoyo, un lugar seguro, y ver cómo atacan a quien puede convertirse en un referente de otras formas de ser y de existir.  

A mi amiga le escribieron en su perfil personal de Instagram, con tono hostil, cuál era la necesidad de “sexualizar a los niños”. Le dijeron que su participación había sido irrespetuosa pues no tenía nada qué ver con el Día de la Mujer. Me pregunto si esas palabras venían de alguien que alguna vez le ha dicho a su hijo que es un galán, que cuántas novias tiene en el colegio o en el jardín, o a su hija que es la más linda de la clase, y que si algún chico la molesta es porque está enamorado de ella. De alguien que aplaude la hipersexualización de niños y niños al imponerles ideas, a una edad temprana, sobre el amor, el deseo y los roles de los hombres y de las mujeres. De algún padre o madre que les instalan a sus hijos, desde muy pequeños, la idea de que sólo hay una forma correcta de vivir, qué carrera deben estudiar, cuáles pasiones son inoficiosas, a cuál religión deben seguir y cómo tienen que ser. 

La hipocresía es una enfermedad difícil de curar, porque para hacerlo hay que conocerse a uno mismo. Y conocerse exige un trabajo profundo, incómodo y poco recompensado, un trabajo al que casi nadie está dispuesto. Mi amiga, en cambio, tuvo —y tendrá para siempre— la valentía de decirle al mundo quién es, de forma honesta, sin miedo y sin tabúes. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/

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