Cuando el doble se queda con el papel

En la industria del cine hay algo curioso con los castings.

A veces llegan actores con años de experiencia. Personas que han pasado décadas aprendiendo a manejar la presión, llevar escenas difíciles y darle vida a personajes complejos. Que construyeron una carrera sólida.

Y a veces aparece alguien que se parece muchísimo a una gran estrella de cine. Tiene rasgos similares, la misma actitud, gestos parecidos, una estética familiar.

Y de inmediato pasa algo poderoso: genera reconocimiento. El jurado siente que ya lo conoce. Empieza a proyectar sobre esa persona todo lo que admiraba del otro actor. Como si el parecido alcanzara para transferir automáticamente todas esas cualidades.

Y así, el “doble” termina quedándose con el papel principal.

El problema no demora en aparecer: Las escenas importantes no salen como deberían. Todo empieza a retrasarse. El director pierde el hilo, el equipo se desgasta y lo que parecía una decisión brillante en el casting termina convertido en una película improvisada, desordenada y decepcionante para el público.

Esta película se llama “Elecciones presidenciales 2026”.

Y la derecha en Colombia ya parece haber escogido al protagonista.

No a quien ha demostrado preparación, disciplina y conocimiento del país. No a quien ha dedicado años a entender las instituciones, participar en debates difíciles, construir argumentos y hacer política desde las diferencias. No a quien entiende el valor de la moderación, el respeto y el diálogo en un país agotado por los extremos, la violencia y la polarización. No a quien podría darle algo de estabilidad y sensatez a la conversación pública.

Sino al doble de Nayib Bukele.

Y no porque haya recorrido un camino similar.

Porque más allá de si uno está de acuerdo o no con Bukele, hay algo que es cierto: él sí pasó años en el sector público antes de llegar a la presidencia. Fue alcalde dos veces, administró ciudades, manejó presupuestos, enfrentó problemas reales de seguridad y construyó una idea de país desde la experiencia de gobernar y tomar decisiones, no solo desde el discurso.

Aquí, en cambio, el atractivo parece mucho más superficial: el peinado, la barba, el tono, las frases de autoridad, las promesas de orden y toda esa estética radical y machista que emociona tanto a un país cansado de la violencia y el desorden.

Y ni siquiera estamos hablando de alguien con un pasado que nos genere tranquilidad. Todo lo contrario. Su trayectoria ha estado rodeada de polémicas, amistades cuestionables, cercanía con personajes oscuros, ataques a periodistas y una forma de hacer política basada en la intimidación.

Pero aun así, hay muchos que parecen convencidos de que darle este papel es una gran idea.

Todavía estamos a tiempo de hacernos una pregunta incómoda antes de votar:

¿Estamos escogiendo a alguien por lo que realmente ha hecho? ¿O simplemente porque nos recuerda al protagonista que vimos funcionar en otra pantalla?

Porque cuando empiece la película de verdad, ya no habrá posibilidad de cortar la escena y volver a grabar.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar