Dicen por ahí que de política y religión no se habla en la mesa o en casa. Quienes lo recomiendan seguramente han sido testigos o han participado de peleas entre familiares o amigos que incluso llegan a los golpes.
Cuando hablamos de política estas desavenencias son lamentables porque impiden que podamos disentir en nuestras opiniones con argumentos y no con insultos, atropellos, descalificaciones y hasta asuntos más delicados como agresión física y hasta la muerte.
Creo que la raíz del problema tiene que ver en que en el fondo quienes discuten desde la descalificación tienden a no entender las diferencias o a simplemente no aceptarlas. La visión del mundo que tienen es la que creen el resto del mundo debería compartir y cuando encuentran que el otro no piensa igual es allí donde surge la incomodidad al punto de cerrar la posibilidad de diálogo y entendimiento.
Y sobre esto último, la posibilidad de entender al otro en sus posiciones es donde surge una palabra que me gusta usar porque creo que gran parte de nuestros problemas personales y colectivos pasan por no ejercitar la empatía. Ese tratar de ponerme en el lugar del otro: del que sufre, del que no ha tenido las mismas oportunidades, del que vive en contextos tan distintos al mío, del que tiene otra cosmovisión, no mejor ni peor, solamente otra distinta a la mía.
Una distinción que ayudaría mucho a esas conversaciones cotidianas tan importantes para fortalecer nuestra democracia es pensar que los políticos en ejercicio, esos que quieren que votemos por ellos para llegar al poder, si tienen que convencer a la gente, pero quienes no ejercemos ese rol, sino el de ciudadanos votantes, no deberíamos tener la intención de convencer a nadie para que comparta nuestras preferencias, o al menos no como objetivo de la conversación política. Deberíamos proponerla para compartir y discutir visiones sobre los problemas públicos y la forma de abordarlos. Si en ese camino de escucha mutua alguno cambia su visión, pues bienvenida sea, pero no debería ser el propósito de la conversación ciudadana cotidiana sobre la política.
Jünger Habermas, filósofo alemán que recién murió hace algunas semanas, tiene una frase muy bella sobre lo que significa la democracia: “La democracia no se sostiene solo con leyes o instituciones; vive de la participación de ciudadanos que discuten, que argumentan y que están dispuestos a escuchar razones mejores que las propias. Solo cuando el poder se somete al juicio público y a la fuerza del mejor argumento puede llamarse verdaderamente democrático.” Ahí el llamado es para ciudadanos y políticos, para que conversen bajo el respeto mutuo y busquen un consenso a partir del entendimiento y acuerdos basados en el mejor argumento, sin manipulación y uso de la fuerza. También implica que hay igualdad entre todos quienes participan de ese dialogo, con igual derecho a preguntar, argumentar y sin que medien relaciones de autoridad. A esto se le denomina la ética del discurso y el filósofo la propone como la mejor forma de resolver los conflictos en sociedades democráticas.
Recuerdo siempre la frase del excandidato presidencial Álvaro Gómez Hurtado, quien dijo sabiamente que en Colombia se requería para salvar la democracia antes que cualquier cosa un “acuerdo sobre lo fundamental”. A treinta años de su magnicidio, aún el país no logra llegar a esos acuerdos, y estamos repitiendo de forma muy peligrosa en esta campaña presidencial un nivel de intolerancia hacia quien no piensa igual en lo político que nos recuerda escenarios de confrontación que precedieron un gran número de muertes violentas a políticos en el país e incluso la desaparición de un partido como el de la Unión Patriótica.
Recientemente, alguien me compartió un video de una mujer que siendo una niña perdió en los años ochenta a ambos padres, militantes de la Unión Patriótica. Ella recordaba los hechos que precedieron sus homicidios y analizaba lo ocurrido desde la emocionalidad de la pérdida, pero también desde una reflexión profunda sobre nuestra sociedad y lo absurdo de esas muertes. Ella en aquella época enfrentaba una disonancia: de un lado, creía que sus padres eran buenos, pero de otro lado, se preguntaba porque si prestaban una labor buena para la sociedad, los habían matado. Al final ella concluyó que en Colombia exterminaron una fuerza política emergente sólo porque pensó distinto la forma de resolver nuestros problemas frente a los dos partidos tradicionales que tenía el país hasta ese momento.
La democracia necesita conversaciones, muchas de ellas muy difíciles. Porque no somos iguales y nuestras nociones sobre la justicia también difieren. En la discusión pública en Colombia poco oímos de ética, pese a que gran parte de nuestros problemas están enraizados en lo ético. Así las cosas, ese acuerdo sobre lo fundamental del que hablaba Gómez debería estar mediado justo por la ética del diálogo para buscar una convivencia pacífica, civilizada y propositiva.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/