Como abogada, no estoy dispuesta a votar por Abelardo de la Espriella

Hay algo profundamente peligroso en convertir el ejercicio del derecho en un espectáculo de egos, amenazas y oportunismo político.

Lo digo como abogada.

Porque quienes estudiamos derecho entendemos que esta profesión no puede usarse para intimidar, perseguir críticos, acercarse al poder sin preguntarse jamás por los límites éticos de ese poder, ni mucho menos para construir una carrera pública basada en el escándalo, la agresividad y la manipulación emocional.

Por eso no estoy dispuesta a votar por Abelardo de la Espriella. Y tampoco voy a promover un solo voto por él.

No por ser de derecha. Colombia necesita una oposición seria. Necesita debate. Necesita contradictores fuertes frente al Gobierno. El problema no es ideológico. El problema es moral. El problema es ético. El problema es la clase de figura pública que representa Abelardo de la Espriella y todo lo que simboliza su manera de ejercer el derecho y hacer política.

Porque Abelardo no aparece en la conversación nacional por haber gobernado bien, por haber administrado una ciudad, por haber liderado una política pública o por haber demostrado capacidad ejecutiva. Nunca ha gobernado absolutamente nada. Su capital político nace de otra parte: del espectáculo.

Y el espectáculo siempre necesita mudas de piel.

Durante años vimos a un Abelardo completamente distinto al de hoy. Uno que opinaba cosas diferentes sobre el Acuerdo de La Habana, uno menos “tradicionalista”, menos “moralista”, menos mesiánico. Hoy aparece convertido en una especie de cruzado conservador, defensor de la familia, del orden y de los valores tradicionales, como si siempre hubiera sido eso.

Pero la memoria existe.

Y la memoria también recuerda entrevistas donde relataba entre risas cómo de niño explotaba gatos con pólvora. Sí, gatos. Animales vivos. Y no lo contaba con vergüenza sino con diversión. Como una anécdota graciosa. Como si la crueldad fuera un rasgo de personalidad pintoresco y no una señal alarmante sobre el carácter de alguien que hoy pretende venderse como referente moral del país.

Los hombres públicos revelan quiénes son incluso cuando creen estar haciendo un chiste.

Y en política, el carácter importa.

También importa la coherencia. Porque resulta imposible ignorar la facilidad con la que Abelardo ha ido cambiando de discurso según el momento político. Antes defendía unas posturas; hoy defiende otras completamente distintas. Antes proyectaba una imagen; hoy construye otra. Antes se presentaba de una manera; hoy aparece convertido en otra cosa.

Y hay algo todavía más revelador: la manera en la que Abelardo de la Espriella ha hablado históricamente de Colombia y de los colombianos.

Durante años construyó una imagen de hombre desligado del país, casi superior a él. En entrevistas y apariciones públicas se ufanaba de sus lujos, de su vida en el exterior, de sus negocios internacionales, de que Colombia poco le interesaba mientras él pudiera vivir bien lejos del caos nacional. Hablaba de este país con distancia, con desprecio, como si Colombia fuera apenas un lugar incómodo del que había que escapar apenas se pudiera.

Y ahora, de repente, aparece convertido en una especie de mártir patriótico diciendo que “sacrificó” su vida de lujo para entregarse a la patria.

Otra muda de piel.

Porque uno no puede pasar media vida despreciando el país y luego pretender encarnar el amor por la nación solo porque descubrió que electoralmente funciona. Gobernar un país exige algo más profundo que marketing político: exige afecto genuino por su gente, respeto por su cultura y compromiso real con su destino.

Y sinceramente, yo no le creo ese amor repentino por Colombia. Quien toda la vida miró a Colombia por encima del hombro, hoy pretende hablar en nombre de los colombianos.

Y eso me recordó inevitablemente a Umberto Eco y su ensayo sobre el “Ur-Fascismo”, ese fascismo eterno que no siempre llega vestido igual, pero que comparte ciertos patrones: el culto a la personalidad fuerte, la emocionalidad por encima de la razón, el discurso simplista de “salvar la patria”, la necesidad permanente de enemigos y, sobre todo, la capacidad de mutar para sobrevivir políticamente.

Eco advertía que el fascismo no necesariamente aparece con botas militares y uniformes. A veces aparece disfrazado de patriotismo emocional. De outsider. De figura antisistema. De hombre “sin filtros”. De salvador moral.

Y precisamente ahí está el problema de Abelardo de la Espriella: uno nunca termina de saber quién es realmente.

El abogado de poderosos.
El showman mediático.
El empresario.
El libertario.
El ultraconservador.
El hombre de fe.
El “outsider”.
El defensor del orden.

Todo al mismo tiempo.

Pero más allá del personaje, están las sombras.

Porque no se puede hablar de Abelardo de la Espriella sin hablar de las controversias que han rodeado históricamente su ejercicio profesional. No se puede hablar de ética pública ignorando los cuestionamientos sobre sus relaciones con personajes investigados, cuestionados o asociados a estructuras profundamente oscuras del poder en Colombia.

Ahí están las investigaciones periodísticas recientes sobre transferencias relacionadas con estructuras empresariales vinculadas a Alex Saab hacia cuentas relacionadas con el entorno profesional de Abelardo de la Espriella durante años en los que ejerció su representación jurídica.

Y aunque ejercer la defensa de una persona cuestionada no constituye un delito —porque toda persona tiene derecho a defensa— sí obliga a hacer preguntas éticas sobre las redes de poder y las cercanías que rodean a alguien que hoy pretende presentarse como reserva moral de la República.

También está el episodio profundamente indignante alrededor del caso de Rosa Elvira Cely. La propia familia de Rosa Elvira ha cuestionado públicamente la utilización política de su tragedia y el intento de Abelardo de la Espriella de apropiarse simbólicamente de una causa que no le pertenece. Su hija fue contundente al expresar el dolor y el rechazo que le producía ver convertida la memoria de su madre en herramienta de campaña.

Y para mí eso cruza una línea gravísima.

Porque hay dolores que no son trofeos políticos.
Hay víctimas que no son estrategia electoral.
Hay causas que merecen respeto y no apropiación.

Y es justamente ahí donde esta discusión deja de ser política y se vuelve ética.

Yo no necesito un candidato perfecto para votar. No creo en mesías ni en seres humanos impecables. Pero sí necesito mínimos. Necesito coherencia. Necesito prudencia. Necesito sentir que quien aspira a conducir este país entiende la enorme responsabilidad moral que implica el poder.

Y sinceramente no puedo encontrar nada de eso en Abelardo de la Espriella.

No puedo admirar el matoneo convertido en liderazgo.
No puedo admirar la agresividad convertida en carácter.
No puedo admirar el espectáculo convertido en propuesta política.
No puedo admirar a alguien que parece cambiar de principios con la misma facilidad con la que cambia de discurso.

Y sobre todo, no puedo votar por alguien cuya trayectoria pública ha estado tan atravesada por controversias éticas, contradicciones y cercanías oscuras.

Porque el derecho, cuando se ejerce sin límites éticos, deja de ser justicia y se convierte simplemente en poder.

Y Colombia ya ha sufrido demasiado por culpa de hombres que confundieron ambas cosas.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/ximena-echavarria/

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