Centro

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Pensarán algunos de mis lectores (¡gracias por leer!), que esta es la columna anual en la que reivindico el valor y la necesidad de un centro político. No. La verdad creo que no tengo argumentos diferentes a los que expresé en anteriores columnas, en las que, con faltas y limitaciones, precisé cuál es ese espacio político y por qué sigo reivindicándolo.  Así que esta columna, en principio, no tiene que ver con el proceso electoral  sino con una obra de eatro, a un stand-up, a una puesta en escena. 

Y escribo sobre teatro en esta recta final de “la más importante campaña política de nuestra historia reciente” (¿no lo han sido todas?), porque, como Hamlet, creo que el arte dramático es el medio más efectivo para enfrentarnos a nuestros más profundos miedos, a nuestras palmarias contradicciones y a nuestras búsquedas más emocionantes y elevadas.  Para el pensativo e inmóvil príncipe de Dinamarca el teatro sirve para: “Mostrar a la virtud su propio rostro, al vicio su imagen y a la época misma su forma y huella”.  Nada para “atrapar la conciencia” de una colectividad como un tablado, un actor y la libertad creativa para representar a la humanidad en su sustrato más básico en donde desaparecen la corrección, los títulos y la comodidad y nos vemos desnudos y nos avergonzamos y nos admiramos al mismo tiempo.

“Centro” es el título de la más reciente obra de la directora, productora y contadora de historias Lalis Solórzano Martínez.  Lalis, que estudió manejo de escenario y dirección de teatro musical, empieza la obra saludando al público y dándole una clase básica situacional de teatro.  “Este es el costado izquierdo del escenario y este es el derecho. Esta es la parte de arriba del escenario (parte de atrás) y esta es la parte de abajo (parte más cercana al público). Cada lugar se relaciona con el público y con las diferentes perspectivas desde donde el público mira”. Un recorderis necesario sobre cómo la obra, y la vida, se vive y se aprecia desde diferentes lugares y puntos de vista.  No hay, entonces, una obra sino múltiples obras.

En el escenario, rodeado de paredes negras y sobre un piso negro, se ven 5 bloques de tamaño medio (uno en cada extremo y otro en el medio) unidos por líneas brillantes en el piso.  Lalis, que dice improvisar el 90% del contenido de cada función, visita cada bloque y allí se hace a un accesorio y se mete en un personaje.

Rosalbita es la empleada de una familia que habita una casa enorme y que ella, con cierta sorna, describe como minimalista.  No hay plantas ni flores, pero sí hay un cactus. Ella no entiende porque con una casa tan grande los patrones nunca invitan a nadie y siempre se mueven por la misma “como si no quisieran encontrarse”.  Rubielita cuenta que cuando sus patrones salen de viaje “se les bloquea eso de la clave dinámica” y le dejan de pagar su sueldo. “Pobrecitos” dice ella. Rubielita todos los días y muy temprano en la mañana entona un vallenato sentido que solía cantar con su hijo desaparecido “allá en el pueblo”.   

Ese mismo vallenato lo canta “el primo Juancho” que se despierta enguayabado después de tremenda rumba. Juancho es hijo de bananero y está tratando de demostrarle a su padre que está preparado para administrar las fincas de la familia.  Se queja porque la cosa está muy dura y cada rato lo llaman a extorsionar para que “pague y no me quemen el camión con el conductor adentro. Hay que pagar”.  Está convencido de que hay que tener hijos y de que “el que trabaja duro sale adelante, hermano”. 

Entra en escena “la prima Lauris”.  Madruga a las 9:30am al sonido de una meditación tibetana de cuencos.  Se queja porque los productos de skin care están carísimos y esa mesada que le da el papá “No alcanza, gorda. No Al-CAN-ZA”.  No entiende porque su papá no ha entregado la herencia en vida  porque “¡la gente hoy vive mucho!” y le da mucha pereza ir a la empresa porque ella, realmente, no hace nada allá.  La prima Lauris es buena amiga de sus amigas y una contendora formidable de quienes no la quieren.

“Neón” es un rapero que trabaja de noche “parqueando carros” y que se despierta a las 11 am con los reclamos de su mamá. “Cucha, vos no nos criaste. Vos criaste a esos niños ricos donde trabajabas”.  Lo suyo es la música y la creación porque nada más vale la pena.  La vida es una lucha y a él y a los de su parche les tocó el lado duro.

Y, en el centro, está “la tía Luz Helena”. La mujer que creció en un mundo conservador y cerrado, pero que eligió la educación, el debate, el arte y la libertad.  Una mujer que tiende lazos, reconoce las diferencias y las limitaciones y que no es leal ni a clase social ni a ideología ni a narrativa que no sea la de “busquemos puntos comunes sin hipocresía” .  Es incómoda y contestaria y, por lo tanto, necesaria.

En Centro, Lalis logra arrancar carcajadas al público, pero también silencios largos e incómodos. El día que asistí pude ver a un hombre mayor de brazos cruzados mirando a su familia con cara de “¿Por qué me trajeron a esto?” Una amiga, también columnista de este medio, salió hecha un mar de lágrimas y muchos salen admirando la capacidad de la artista para meter una sociedad en 50 metros cuadrados. 

En esta recta final electoral en la que se lanzan discursos y sentencias morales y en que se coloniza “el lado correcto de la historia” todos haríamos bien en encontrarnos en el centro del escenario. Allí donde convergen nuestras contradicciones, nuestros miedos, nuestros sesgos y nuestros sueños más sublimes. Para llorar, reír y callar.         

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-londono/

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