Centavito pa´l peso

Para escuchar leyendo: Cinco centavitos, Héctor Ulloa.

Otra vez, nos volvió a pasar.

Siempre nos falta el centavito pa’l peso. Hay algo profundamente colombiano en quedarse a un paso de la gloria. Como si el destino nos jugara con una sonrisa: la obra casi terminada, el gol casi hecho, el sueño casi cumplido. Nos falta tan poco que ya duele.

Somos una nación que celebra el casi, el “por poquito”, el “igual hicimos un buen papel, dimos pelea”, la del desgastante y desgastado “gracias guerrero/as”. Esa costumbre de abrazar la derrota con ternura, de vestir la mediocridad con tricolor y aplauso. Y la reciente derrota de nuestra selección sub-20 en las semifinales del Mundial no es solo una anécdota deportiva: es una metáfora de país.

Porque ahí estábamos todos, otra vez, creyendo que esta vez sí. Que el talento, la alegría, la garra, el toque —ese toque nuestro, que es más baile que táctica— nos iba a alcanzar. Pero no. Como siempre, faltó el centavito. No uno cualquiera, sino ese que marca la diferencia entre la esperanza y el logro, entre el “qué bonito jugamos” y el “somos campeones”. Nosotros, que en tantos campos nos damos palmas por ser vivos, en el fútbol -y en tantas cosas profundas- demostramos un candor vergonzante.

Mauricio García Villegas, en su El país de las emociones tristes, habla de la mediocridad no como un defecto aislado sino una especie de cultura nacional. Que la tibieza se nos metió en el ADN, que confundimos la viveza con la inteligencia, el encanto con la excelencia. Y es difícil no darle la razón. Nos cuesta sostener la disciplina, hacer equipo, pensar en el largo plazo. Somos apasionados, sí, pero efímeros. Brillamos como bengalas: con fuerza, pero por poco tiempo.

Lo paradójico —y lo doloroso— es que nuestras glorias suelen venir solas. Egan en su bicicleta, Mariana en sus ruedas, Montoya en su pista, María Isabel en sus pesas. Cada uno, peleando contra el mundo, como si en este país triunfar fuera un acto de soledad. En los deportes colectivos, en cambio, tropezamos una y otra vez. Como si al unirnos se nos diluyera el talento, como si el ego, la desconfianza o la falta de estructura pesaran más que la ilusión.

Quizás ahí está el espejo. No sabemos jugar en equipo. Ni en la política, ni en la empresa, ni en el fútbol. Nos gana la desconfianza, la vanidad, el individualismo. Somos un país donde cada quien levanta su propio camino y mira al del lado con recelo. Y así, aunque tengamos jugadores brillantes —o ciudadanos capaces—, no logramos articularnos. No llegamos a la final, menos aún la ganamos.

Pero quedarse en el lamento sería otra forma de mediocridad. Porque reconocer el síntoma no basta: hay que querer curarse. Tal vez el primer paso sea dejar de romantizar el “casi”. Dejar de aplaudir la improvisación como si fuera ingenio, la indisciplina como si fuera autenticidad. Necesitamos creernos capaces de la excelencia, pero no como un acto de fe (como aquel con el que nos retratara Borges), sino de trabajo compartido.

No se trata de perder la alegría —ese sería otro error—, sino de aprender a ponerle método al talento, constancia al entusiasmo, estructura al sueño. De construir victorias colectivas, en la cancha y fuera de ella.

Ojalá el dolor de esta derrota sirva para eso: para mirarnos sin excusas, para entender que no se trata de que nos falte un centavo, sino de que no hemos aprendido a cuidar la alcancía. Que la mediocridad no es destino, sino hábito. Y que los hábitos se cambian.

Quizás entonces, un día de estos, podamos mirar llegar a un final y celebrar porque lo logramos juntos. Que no nos faltó nada. Que, por fin, este país aprendió a sumar, no a restar. Que encontramos el centavito que siempre nos faltó, no en un jugador o en un héroe solitario, sino en nosotros mismos, haciendo equipo.

Y ahí sí, quién sabe, puede que ganemos algo más grande que un partido: la capacidad de creer —de verdad— en lo que somos capaces de construir juntos, en la ilusión de la Colombia que podemos ser, en un maravilloso gran Nosotros.

¡Ánimo!

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/

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