Quiero aprovechar este espacio que tengo cada semana con la esperanza de que llegue a quienes, desde la izquierda, todavía creen en la democracia liberal, en las instituciones y en el Estado de derecho. No va dirigida a quienes han hecho del caudillismo una religión ni a quienes justifican cualquier exceso cuando proviene de los suyos. Tampoco pretende convencer a quienes ven en toda crítica una conspiración y en todo adversario un enemigo. Esta carta es para esa izquierda democrática que sé que existe, aunque hoy parezca cada vez más silenciosa.
Escribo estas líneas desde una posición ideológica diferente. Jamás he ocultado que soy un hombre de lo que reconozco como una derecha liberal. Seguramente, después de leer esta columna, seguiremos discrepando en una inmensa mayoría de temas: el tamaño del Estado, el modelo económico, la política tributaria o el alcance de muchas reformas sociales. Pero, precisamente porque creo en la democracia, estoy convencido de que el país necesita ese disenso, aunque desde posiciones democráticas fuertes, serias y comprometidas con las reglas del juego.
La democracia, por definición, no se sostiene cuando todos pensamos igual; se sostiene cuando quienes pensamos distinto aceptamos las mismas reglas. Por esa razón, miro con gran preocupación el rumbo que han tomado algunos sectores de la izquierda colombiana tras las últimas elecciones. En lugar de asumir el resultado de las urnas con la gallardía y el honor con los que debe asumirse una derrota en democracia, pareciera que estos sectores han optado por alimentar relatos de fraude sin pruebas, teorías de persecución y discursos que presentan al nuevo gobierno como ilegítimo incluso antes de ejercer. Esa deriva no fortalece la democracia; la erosiona.
Las presuntas conspiraciones sobre una injerencia israelí y estadounidense en las elecciones, la supuesta manipulación del software de los hermanos Bautista, el señalamiento permanente de un fraude electoral sin pruebas, la descalificación sistemática de las instituciones y la construcción de una narrativa según la cual toda decisión que les resulta adversa responde a un plan para perseguirlos o despojarlos del poder no solo deterioran la calidad del debate público, sino que terminan socavando la confianza de los ciudadanos en la democracia. Ningún proyecto político debería construir su identidad sobre la sospecha permanente ni convertir la derrota electoral en la prueba de una conspiración.
Ese es el costo de la participación democrática. Cuando uno se somete al escrutinio de las urnas, siempre existirá la posibilidad de no resultar elegido, y no por ello existe una relación necesaria con un fraude institucional. La democracia implica, precisamente, aceptar que el veredicto de los ciudadanos puede no coincidir con nuestras preferencias.
Por eso hoy quisiera hacerles una invitación, sincera y respetuosa, a esos sectores que se identifican como una izquierda democrática: no permitan que los sectores más radicales hablen en nombre de toda la izquierda. No permitan que los delirios de persecución, el culto al líder o la tentación autoritaria terminen por eclipsar una tradición política que también ha contribuido a la construcción del país. Reconozcan al gobierno elegido democráticamente por los colombianos, ejerzan una oposición firme, crítica y vigilante, pero siempre dentro del marco institucional. Porque la democracia no consiste en aceptar las elecciones solo cuando se ganan, sino, sobre todo, en respetarlas cuando se pierden. Si la derecha tuvo que aprender esa lección en otros momentos de nuestra historia, hoy les corresponde a ustedes demostrar que también están dispuestos a hacerlo.
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