No creo que sea la única cansada del monotema político: Petro–Trump, Petro–Petro, María Corina–Trump, Marco Rubio–Trump.
Parece que se hubiera agotado el espacio para hablar de algo distinto, como si pensar en algo más nos hiciera superfluos, desinteresados o tontos. Mientras los medios de comunicación, los chats de líderes y hasta las reuniones familiares están encarnizados con un tema sobre el cual ninguno tiene ni mediana injerencia, la vida sigue su rumbo, el planeta sigue girando y los días siguen pasando.
Y mientras algunos pierden el tiempo, la creatividad y el descanso entre notificaciones de X, memes de WhatsApp y conversaciones infructíferas, los avances científicos pasan desapercibidos, los logros en sostenibilidad se vuelven invisibles, el arte y la cultura quedan reducidos a lujos de pocos. La esperanza dejó de ser atractiva. El algoritmo nos tiene girando en círculos, persiguiéndonos la cola entre la incertidumbre y el miedo. ¿A quién le sirve esto?
Cambiar de tema es difícil porque se pasa de lo político a lo banal como quien huye del desastre. Algo así como “comamos y bebamos que mañana moriremos”. En el medio del espectro de la conversación hay muy poco espacio: las redes están contaminadas de tonterías o de asuntos políticos, y lo que habita el centro no lo premia el algoritmo. La humanidad, sin embargo, casi siempre vive ahí: en el medio.
Veo tres grandes temas que nos tienen obsesionados y patinando en el mismo fango:
- La política.
- Los podcasts de salud mental.
- La vida superficial y el skincare.
Algo se está perdiendo y todavía no alcanzamos a nombrarlo con claridad. Tal vez por eso algunos filósofos y sociólogos hablan del regreso de Dios. No necesariamente como fe, sino como intento desesperado de sentido. Después de una era atea y agnóstica que no supo explicar el caos, muchas personas buscan refugio: unas en la religión, otras en el skincare y otras en la obsesión por parecer millonarias. Distintas salidas para el mismo vacío.
El cambio de valores es imposible de esconder y sus consecuencias están siendo nefastas. Quienes están obsesionados con la política viven atrapados en la ira y el miedo; quienes huyen hacia el dinero, el skincare y las inversiones viven ansiosos por el futuro de su piel y de su bolsillo; y quienes se creen más alternativos y no paran de hablar de salud mental se pierden la alegría de la vida, justificando su tristeza en vivo, repitiendo frases como “de esto nadie habla”, cuando honestamente no cabe más contenido de estos temas en las redes.
Tenemos que cambiar de tema como un acto casi subversivo frente a la frivolidad y la tragedia en las que nos han instalado los medios, las redes y la espectacularización de las vidas expuestas. Hablar de lo que a cada quien le importa, pero hablar de verdad, no publicar. Vivir sin la necesidad obsesiva de tener respuestas que quepan en un reel o en un carrusel. Vivir en el medio, en la vida real, esa que sigue ocurriendo aunque el ruido nos aturda.
Tenemos que dejar de ser el objeto del mercado, los datos que se venden, la materia prima de la siguiente compra. Nuestra vida no es solo contenido: es lo único que tenemos, y nos la están robando en tiempo real.
La humanidad, sin embargo, sigue ocurriendo en el medio. En ese lugar incómodo donde no todo es urgente, donde no todo es opinable, donde hay cosas que se cultivan y no se viralizan. Ahí están pasando cosas importantes: personas cuidando a otros sin cámaras, científicos resolviendo problemas reales sin trending topic, artistas sosteniendo belleza en un mundo que ya no sabe qué hacer con ella.
Cambiar de tema es un acto incómodo de resistencia que vale la pena, si no queremos que nos ganen el miedo, la frivolidad y la tristeza.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/juana-botero/