Nunca he visto un paisa tirándole “hate” a Barranquilla por su progreso, ni viceversa. Son los que viven en ciudades quedadas en el pasado los que exponen con resentimiento toda su envidia. Admitir el éxito ajeno requiere una madurez política y social que no abunda en Colombia. De hecho, es un síntoma terrible de los fracasos de nuestra cultura, quien triunfa genera sospecha y rencor, no admiración.
Medellín y Barranquilla han entablado un diálogo silencioso basado en el cemento, la gestión y el orgullo. El inicio de esta columna es un trino que se volvió viral, y es una radiografía de nuestra psicología colectiva: el odio regionalista rara vez nace de la competencia real, nace de la frustración de quienes ven en el espejo del progreso ajeno el reflejo de su propia parálisis.
No es coincidencia que entre paisas y barranquilleros exista una tregua de admiración mutua, una suerte de pacto no escrito entre quienes comparten una religión común: la de hacer que las cosas pasen. Mientras el paisa saca pecho por su eficiencia institucional, el barranquillero celebra volver a un río que al que antes le daban la espalda. No hay espacio para el «hate» entre ellos porque están demasiado ocupados ejecutando presupuestos y transformando realidades. La envidia, en cambio, se ha convertido en el deporte nacional de aquellas ciudades que se quedaron atrapadas en la nostalgia de lo que fueron o en la desidia de lo que nunca se atrevieron a construir.
Lo que algunos intentan disfrazar de «crítica social» o «análisis técnico» hacia estos dos modelos de ciudad es, en el fondo, un mecanismo de defensa. Es mucho más sencillo tildar de «maquillaje» el malecón del Caribe o de «paraca» la Cultura Metro, que exigirle a las propias élites locales un gramo de esta eficiencia administrativa. El resentimiento es el refugio de los que habitan ciudades que parecen museos del abandono; es el grito del que prefiere apedrear la vitrina del vecino para que no se note que la suya está llena de telarañas.
El progreso no es un juego de suma cero, sino un estándar que debería sacudirnos la complacencia. El éxito de Barranquilla o Medellín no es la causa del estancamiento de otras regiones, sino la prueba irrefutable de lo que es posible cuando la gestión supera a la retórica, generalmente progre. Porque sí, parte de lo que les choca de estas ciudades es que demuestran que con la derecha se avanza. Es hora de entender que el odio no pavimenta calles ni construye sistemas de transporte; el verdadero cambio comienza cuando dejamos de tirar piedras a la ventana del vecino y empezamos, más bien, a aprender de lo que los demás están haciendo bien.
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