Quería escribir esta columna desde hace meses, pero no me atrevía porque no quería sonar arrogante. Más hoy en día cuando la arrogancia es una característica tan satanizada, y se cree que, porque alguien se tiene confianza, sabe de algo o es bueno en algo, es arrogante o soberbio. Llevo casi veinte años yendo al psicólogo. De manera interrumpida y en ocasiones con más intensidad que otras. He cambiado de terapeutas, de enfoques y de maneras de entender la terapia. Como toda disciplina, la psicología ofrece distintas técnicas, métodos y escuelas. De todas, la que más me ha ayudado ha sido la cognitivo-conductual. A ella le debo muchas de las herramientas que me permitieron identificar y modificar conductas que me hacían daño.
Cuando empecé lo hice convencida de que debía cambiar para los demás. Con el tiempo entendí que ese no era el objetivo. La terapia no busca cambiarnos para satisfacer expectativas ajenas. Nos ofrece herramientas para conocernos y aprender a gobernarnos. Este es el trabajo más importante que una persona puede emprender: el del autogobierno. Es al que más le deberíamos prestar atención y, paradójicamente, es el que más improvisamos, el que más postergamos, el que más dejamos al azar.
Pienso en esto porque cada vez veo con más frecuencia cómo se subestima la terapia psicológica o, peor aún, cómo se disfraza con actividades que, aunque valiosas, no la reemplazan, ni son lo mismo. Hacer ejercicio no es terapia. Leer no es terapia. Escribir no es terapia. Hacer un retiro espiritual en Indonesia no es terapia. Salir con amigos, reírse y tener una buena conversación tampoco. Si el ejercicio o la literatura sustituyeran la terapia psicológica, bastaría con correr maratones o escribir novelas para resolver nuestros conflictos emocionales. La experiencia demuestra que no es así. Grandes escritores como Silvia Plath o Stefan Zweig murieron por suicidio, y deportistas de élite como Simone Biles han hablado abiertamente de sus crisis de salud mental. La que es tal vez una de las mejores deportistas de la historia, se retiró de los Juegos Olímpicos de Tokio por una crisis de ansiedad y hoy es una abanderada del tema de la salud mental.
Estas actividades contribuyen al bienestar, a aliviar el estrés e, incluso, a mejorar la salud física. Hay suficiente evidencia de que los abrazos, las conversaciones profundas y los vínculos afectivos reales generan respuestas fisiológicas que favorecen nuestros estados de ánimo. Pero esa es otra discusión. De lo que hablo es de la terapia psicológica. No somos únicamente nuestras heridas, ni nuestros traumas, ni las peores cosas que nos han sucedido. Por eso, la terapia apunta a algo más profundo que simplemente sentirnos bien: conocernos y aprender a observarnos sin tanto juicio. Entender de dónde vienen nuestras reacciones, nuestros miedos, nuestras formas de amar y de defendernos. La psicología nos enseña a tenernos compasión para mirar nuestras versiones pasadas sin juzgarlas. Porque juzgar nuestro pasado con la conciencia del presente suele ser una forma de injusticia contra nosotros mismos y una fuente constante de ansiedad y de angustia.
Ir al psicólogo no cambia el pasado, tampoco hace desaparecer el sufrimiento ni evita los problemas. Lo que sí transforma es la manera como nos relacionamos con nuestra propia historia. Nos enseña a dejar de vivir reaccionando automáticamente a heridas para empezar a responder desde una nueva perspectiva, a gestionar mejor nuestras emociones sin intentar eliminarlas, y a comprender que el objetivo no es únicamente convertirnos en alguien distinto o en seres iluminados, sino a ser nosotros mismos, más conscientes de por qué somos como somos.
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