Confiar el pensamiento a los propios ojos

El mundo está lleno de ruido. Ambiental, mental, espiritual. Y nos llenamos del ruido que elegimos. Pero el ruido cansa. Hace poco, Antonio Muñoz Molina recordó esa idea de Marguerite Duras sobre que escribir es gritar en silencio. Lo es. Es volver todo ese ruido palabras, intentar ordenarlo, darle sentido, sacarlo de alguna manera, pero en silencio y con el dolor que producen los desgarros.

Vi la película 23.000 vidas (Netflix) sobre el grupo de jóvenes que, en Alemania, contra obstáculos como el dinero y los calificativos de locos o ilusos, compraron un barco y se dedicaron a rescatar migrantes en el Mediterráneo. Para ellos no había nada más importante porque partían de la certeza de que permitir que la gente se siguiera ahogando tras años escapando del horror e intentando llegar allí era inconcebible. No se podían quedar callados, quietos. Lloré viendo a la gente besar el suelo del barco de rescate, rezar, celebrar, sin saber siquiera lo que seguía. Y viendo al sistema hacer todo para impedir esa ayuda, para cerrar las puertas. Mi pareja me miraba, tranquilizándome. No es una película, le dije. Véanla.

Hay tantas maneras de mirar la vida, de vivir. El ruido que llena la mente y el alma es el elegido, pues es uno quien direcciona la mirada, el oído, dependiendo de lo que tiene dentro. Así, a demasiados les resulta bastante fácil desentenderse del mundo, hacer como si “las guerras lejanas” no existieran y mucho menos tuvieran por qué dolerles. Como dice Martín Caparrós: «las batallas que no vemos si no estamos peleando». A mí me resultaría imposible vivir así, a ciegas. Entonces escribo, grito en silencio, dejo palabras que van hilando lo que percibo del mundo (y me lleno de pájaros y árboles y flores y montañas). Pero hay cierto cansancio, pues cuando esas palabras chocan tan frecuentemente contra los muros de quienes viven a ciegas retumban. Y entonces el ruido es ensordecedor.

Tal vez me tome un respiro. Busque otro tipo de silencio. Mientras tanto, dejo un fragmento de una belleza profunda, hiriente, que leí con la oportunidad que brilla cuando se vive con los ojos muy abiertos. En El mundo de Guermantes, el tercer libro de En busca del tiempo perdido, Proust relata la enfermedad de su abuela, la desolación de su madre contemplando a esa mujer inteligente transformada, y llega a este momento, que solo él puede describir así:

“Pero en su semblante, pálido y sereno, enteramente inmóvil, vi muy abiertos, luminosos y tranquilos, sus hermosos ojos de otros tiempos (quizá más recargados todavía de inteligencia que antes de su enfermedad, porque, como no podía hablar, como no debía moverse, solo a sus ojos confiaba su pensamiento, el pensamiento que tan pronto ocupa en nosotros un lugar inmenso, ofreciéndonos tesoros insospechados, como parece reducido a nada, y luego puede renacer como por generación espontánea con unas cuantas gotas de sangre que nos quitan), sus ojos, suaves y líquidos como un óleo, en los que el fuego, que, encendido de nuevo, abrasaba, alumbraba ante la enferma el universo reconquistado”.

Confiar el pensamiento a los propios ojos y que nos ofrezca tesoros insospechados. Que el fuego abrase y se reconquiste el universo de otras formas. Tal vez.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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