Aterrador

Esta semana el Departamento de Justicia de EE. UU. reconoció que los cerca de 3.5 millones de documentos que han sido publicados en el caso del depredador sexual Jeffrey Epstein no llegan al 1 % del total de materiales actualmente en su poder. Eso quiere decir que aún tenemos casi 350 millones de documentos sobre la vida, los negocios, los socios, los aliados y sobre los delitos del traficante y violador de menores de la “isla del terror”. Sin embargo, el material conocido hasta el momento y las respuestas de los personajes mencionados, de la prensa y de los políticos de diferentes latitudes deja muy claro algunos de los males profundos que nos sacuden como sociedad en relación con la cultura patriarcal, el abuso, el sexo, el dinero y la política. 

Epstein, que no era un político o un ideólogo sino un financiero y relacionista público, logró atraer a sus fiestas, reuniones, viajes y jornadas criminales a un abanico amplio de personajes, hombres y mujeres, de muy variadas formaciones, especialidades, nacionalidades, ideologías y actividades.  

Esta semana he leído dos artículos en prestigiosas revistas científicas, Nature y Scientific American, que reflexionan sobre la relación de Epstein con la ciencia y con algunos científicos. En el centro de este capítulo, como en algunos otros, está el dinero. Epstein usaba su dinero para ampliar círculos y conectarse con múltiples actividades. Se calcula que las universidades y centros de investigación recibieron en donaciones más de 13 millones de dólares de Epstein y sus allegados.  Sus intereses científicos giraban alrededor de temas como el determinismo genético según el cual son los genes y no las condiciones sociales, económicas y culturales los responsables por la vida y el comportamiento de los seres humanos. Fue, además, profesor invitado en Harvard en dos ocasiones. Los documentos publicados recientemente demuestran que tuvo relación con investigadores y profesores como Lawrence Krauss, Martin Nowak, Lisa Randall, Steven Pinker y Nicholas Christakis.  La gran mayoría de los encuentros y los emails se dieron después de su condena por delitos sexuales de 2008 y todos los mencionados han dicho que no sabían de sus problemas con la justicia o de su actividad criminal. Poco investigadores; la verdad.

En la frontera entre académico, intelectual público y personaje político está Noam Chomsky. El lingüista estadounidense, quien ha sido un crítico acérrimo del capitalismo, de la inequidad resultante de la acumulación de capital y del sistema político gringo por plutocrático, aparece en los documentos concretando reuniones y vacaciones con el criminal e incluso aconsejándolo sobre cómo manejar la crítica y los ataques después de su condena.  La publicación de los últimos documentos también dejó ver cómo Epstein sirvió de puente entre Chomsky y el activista de extrema derecha y asesor de Donald Trump, el varias veces condenado penalmente, Steve Bannon.  Chomsky volaba con Epstein en sus aviones, mientras la izquierda, en guerra contra el capital y los cerdos explotadores, lo citaba animadamente. Típico.

Y luego están los políticos.  El campeón indiscutido, con más de 38,000 apariciones en los documentos publicados a la fecha, es Donald J. Trump.  El presidente de Estados Unidos fue amigo íntimo, confidente y aliado de Epstein.  “Un gran tipo” dijo Trump de Epstein en un perfil publicado por la revista New York. El expresidente Clinton también aparece y, a diferencia de otros tantos nombres, va a declarar ante una comisión del congreso a finales de este mes. En el Reino Unido el affaire Epstein ya tumbó al Príncipe Andrés, aunque no hay proceso judicial en su contra, y tiene a punto de caer al gobierno laborista de Keir Starmer, porque permitió el nombramiento de Peter Mandelson, Lord y ex ministro de Blair como Embajador en Washington, a pesar de que se sabía muy bien de la cercanía entre ambos hombres. Aún existe la responsabilidad política.

Y luego está el otro Andrés. Pastrana trajo a la hoy delincuente condenada, novia y cómplice de Epstein, Ghislaine Maxwell, a Colombia a montar en helicóptero Black Hawk y, según ella, a “ametrallar terroristas”.  En los últimos emails publicados hay intercambios sugestivos entre Maxwell y Pastrana, “te voy a dar nalgadas” o “a hacerte algo más vil” la próxima vez que te vea, le dice ella. También se publicó un email, con copia a Epstein, en el que Jean Luc Brunel, agente de modelos acusado de violación y socio del delincuente, le dice al expresidente colombiano que “está muy feliz de verlo otra vez” (las negrillas son mías). Pastrana tiene mucho por explicar y la prensa y la sociedad en general tienen que exigirle.      

No tenemos que esperar el otro 99% de documentos para concluir como lo hizo Julie K. Brown, la primera periodista que realmente investigó al neoyorquino, que “Epstein pudo cometer sus delitos porque todos los estamentos de la sociedad le permitieron hacerlo”. Ni científicos ni empresarios (faltó hablar de Bill Gates y Musk) ni políticos ni autoridades vieron nada porque el dinero y las amistades del depredador eran mucho más importantes y valiosas que la dignidad, los cuerpos y las vidas de unas niñas que se servían en bufet.  Más allá de los discursos y las máscaras mediáticas, Epstein nos demuestra que un hombre con poder podrá contar con otros hombres y mujeres poderosos como corresponsables o cómplices para explotar sexualmente a más de 1000 mujeres durante 30 años y nada pasa. Aterrador.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-londono/

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