Casi todo salió mal, aunque parecía que el día venía con suerte. El avión había aterrizado veinte minutos antes, lo que significaba que no habría que correr tanto. Pero entonces hizo un giro extraño en la pista y quedó parado en medio de la nada. El piloto explicó por el altavoz que habíamos llegado más temprano y la puerta estaba ocupada por otro avión. Pero entonces pasaron los minutos y la puerta seguía ocupada y luego había mucho tráfico aéreo y luego que no nos iban a asignar otra puerta, que había que esperar, que I’m so sorry y que iban a pasar de nuevo con el carrito de refrescos. La azafata dijo I’m so sorry también, que la verdad es que le quedaba poca agua, unas cuantas sodas, un poco de café, pero que con mucho gusto. Un segundo después dijo que tocaba sin hielo porque ahora el hielo era agua. Mientras tanto yo seguía cruzando los dedos porque el segundo avión estaba retrasado por el mismo problema, pero ya perdía la esperanza con el tercero: ya no iba a llegar a Medellín a las doce de la noche. Fueron tres horas, casi lo mismo que se demoró el primer viaje. Nadie dijo nada. Es como si nos hubiéramos resignado a la nada, a permanecer sentados con el cinturón puesto. A mirar el celular, pero yo no quería abrir el celular: estaban hablando de las elecciones. Ahora es la una de la mañana más doce minutos. Significa que también perdí la segunda conexión. Estoy en la sala de espera del aeropuerto de Washington D.C. No tengo sueño. Las luces están tan amarillas que aunque veo la oscuridad a través de las ventanas mi mente se siente en pleno mediodía. Hay poca gente, pero no estoy sola: la señora de la derecha está durmiendo con la boca abierta mientras su esposo lee un libro viejo y a veces la mira. No sé si envidia que duerma o se avergüenza. Al otro lado hay otra pareja de esposos que se acaban de levantar a caminar y una muchacha con una cobija azul oscura que tiene los ojos cerrados pero mueve desesperadamente los pies. El esposo lector acaba de despertar a la esposa dormilona. Se quejan, pero no alcanzo a escucharlos. Yo ni ganas tengo de quejarme. Una señora de setenta años barre. Acaba de prender la aspiradora y la sala se ha llenado del ruidoso sonido. La sala está sucia, llena de papeles en el suelo, de vasos olvidados. Supongo que los olvidadizos dirán que para darles trabajo a los que limpian. I’m so sorry for la señora de setenta años que debería estar tranquila durmiendo en su casa, pero hay que trabajar. Todavía me faltan dos horas y cincuenta y nueve minutos para abordar. Estaba contenta con este viaje porque solo tomaría doce horas. El de vuelta tiene una escala de horas, para un total de veintiuno. Quizá es la primera vez que paso la noche en un aeropuerto. Quizá fue culpa del Mundial. En las pantallas de atrás de una cafetería estaban pasando el partido de Estados Unidos contra Paraguay. En el cuarto gol hubo algunos aplausos. No muchos, solo cuatro gatos estaban mirando. Yo ni me inmuté. No sé si le he perdido cariño al fútbol o es la distancia. O es que casi nadie en este país le gusta el fútbol. Voy camino a casa. Si todo salía bien mañana vería al gato y a la mamá, pero como todo salió mal ahora tendré que esperar hasta el domingo. Hay cosas de ser de un pueblo: nunca el destino final del avión es tu destino final. Dos días de viaje para que el gato me mire feo. No me reconozca. Me ignore. Ahora es la una más veintiséis minutos. Quizá tengo hambre, pero a esta hora todo está cerrado. Ni que me gustara comer en los aeropuertos: es caro y es maluco y ahora me persiguen las calorías: un simple sánduche tiene ochocientas. Supongo que hay una ley que los obliga a ponerlas en las pantallas. Me gusta saberlo, solo que me aterroriza. Una amiga dice que no las mira y ya está, pero yo soy incapaz: una empanada argentina tiene como quinientas y algo más. A las siete elegí un grilled chicken with bread, que sin salsas sumaba solo 350 e incluía tomate y lechuga. Yo es que me traigo las zanahorias miniaturas para el camino, pero es que uno se cansa. Se cansa de leer, se cansa de ver series, se cansa de las películas, se cansa de los pódcast, se cansa de uno mismo. Estoy cansada de las redes sociales y de las elecciones y del peso de que de todas maneras hay que elegir un presidente entre las únicas dos opciones posibles. La tía en el chat de la familia mostró sus miedos. Yo le iba a contestar, pero me quedé pensando que hay terrores arraigados que no se quitan con un mensaje. En realidad me dio pereza juntar los argumentos para una causa perdida. Adentro, mi propio miedo. Porque uno con los políticos sí se juega el país. Se juega el futuro de muchos que tienen menos privilegios. Y, sin embargo, es la una más treinta y siete minutos y yo estoy cansada de esta sala, de esta espera, de este país, de este mundo. Tengo envidia de la señora de la cobija azul clarito y saco con capucha blanca que ya apagó el mundo. Yo en cambio sigo con la señora que limpia. Ha pasado tres veces la escoba y una la aspiradora y el piso todavía está lleno de migajas.
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