Para escuchar leyendo: Niña de agua, Delio.
Durante décadas, Antioquia se pensó a sí misma a través de grandes obras. Nuestro ferrocarril no fue solo un sistema de transporte: fue una declaración de carácter. Las industrias, con todos sus retos y problemas, marcaron un salto en conectividad y ambición regional. Esos proyectos hicieron algo más importante que mover personas y mercancías: ordenaron prioridades, alinearon liderazgos y construyeron un relato común de futuro. Dos granos, uno de café y otro de oro, hicieron viable un territorio ensimismado por la geografía y nos hicieron saltar de la mula al avión en apenas 50 años.
Hoy ese relato no está claro. Antioquia sigue teniendo proyectos, estudios, planes y anuncios. Lo que no tiene —al menos no de forma general— es una apuesta regional que convoque al conjunto del territorio y trascienda gobiernos, sectores y coyunturas políticas. Y ese vacío es más riesgoso de lo que parece.
No se trata de nostalgia por las grandes obras físicas ni de buscar “el próximo Metro” como fetiche. Como sociedad nos debemos una reflexión profunda de gratitud e inspiración sobre la defensa empresarial, ciudadana e institucional que supimos tener frente al Metro, y como la unidad del pueblo antioqueño fue capaz de desatar el nudo del proyecto y de hacerlo una realidad que hoy es tan necesaria como cotidiana.
El desafío actual es distinto: el próximo gran proyecto de Antioquia probablemente no será una infraestructura aislada, sino un sistema. Un sistema que articule educación, logística, sostenibilidad ambiental y productividad regional. Un proyecto que entienda que el desarrollo del Valle de Aburrá ya no puede pensarse separado del de Urabá, el Nordeste, el Bajo Cauca o el Suroeste. Un esfuerzo, sobre todo, que no sea responsabilidad de un grupo económico, social o institucional aislado. Antioquia toda debe encontrar un propósito común y ser capaz de movilizarse para hacerlo realidad. Los antioqueños tenemos que ser capaces de, otra vez, poner lo mejor de nosotros, para que esta tierra de otro salto de progreso como el que supo dar hace siglos.
La región ha sido eficaz ejecutando, pero menos consistente priorizando. Hemos acumulado iniciativas sin jerarquía clara, confiando en que el dinamismo histórico (y en ese mito agotado del que vos y yo ya hablamos) resolverá lo que no se decide estratégicamente. Ese método funcionó cuando el crecimiento era casi automático. Hoy, con restricciones fiscales, tensiones sociales y presión ambiental, no priorizar equivale a retroceder.
Además, el desarrollo antioqueño sigue demasiado concentrado. Mientras algunos territorios avanzan hacia economías más sofisticadas, otros permanecen atrapados en informalidad, baja productividad y desconexión física y digital. Esa fractura no es solo injusta: es ineficiente. Ninguna región puede sostener su competitividad si grandes partes de su territorio son inviables.
Convocar a Antioquia toda implica aceptar una idea incómoda: el progreso futuro dependerá menos de la épica empresarial individual y más de la capacidad colectiva de coordinar, ceder protagonismo y sostener apuestas a 15 o 20 años, incluso cuando no den réditos inmediatos.
La pregunta no es qué proyecto viene después, sino qué Antioquia queremos que ese proyecto construya. Una región fragmentada pero próspera en algunos nodos, o un territorio más equilibrado, donde el crecimiento tenga raíces profundas y no solo vitrinas visibles.
Tenemos las apuestas, tenemos los proyectos, tenemos las capacidades empresariales e institucionales. Antioquia ha demostrado que sabe hacer cosas grandes. El reto ahora es más difícil y menos visible: saber elegir, sostenerlas en el tiempo y hacer que beneficien a toda la región. Ese, quizá, sea el verdadero proyecto pendiente, ese gran nosotros pendiente por hacer realidad.
¡Ánimo!
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/