Anatomía de un “milagro”

Partiendo de la experiencia personal que he tenido con la política en los últimos 5 años, confieso que me enseñaron a creer que los determinantes para ganar elecciones eran: la capacidad de las estructuras políticas (maquinarias) para cooptar electores, el amarre de votos y las alianzas con bases políticas y/o sociales o vínculos contractuales con agrupaciones locales. Los resultados del domingo pasado resquebrajaron todo lo que convencionalmente pensaba —o creía que entendía— al respecto.

Hace 36 años en Perú, Alberto Fujimori ganó las elecciones presidenciales bajo una campaña que le hizo frente a los grupos armados y al deterioro político-institucional que sufría el país para aquel entonces. La genialidad detrás de su candidatura se debía al personaje que creó alrededor de su reputación: un outsider de la política nacional, alejado completamente de las estructuras políticas tradicionales, cuya personalidad traía un liderazgo fresco al debate público nacional en un momento en el que los partidos carecían de credibilidad.

El país se encontraba en una crisis económica profunda dada la insostenibilidad fiscal y el alza de precios de la canasta familiar: los gobiernos previos se habían apalancado en un crecimiento sostenido por deuda y un gasto público que excedía al recaudo. Para dicho momento —los 90s— ya había un déficit estructural muy difícil de saldar.

Suena muy parecido a una historia que recientemente conocemos, ¿no?

Hace tres días en Colombia, Abelardo de la Espriella se consolidó como el principal aspirante a ganar las elecciones presidenciales del próximo cuatrienio. En una contienda que resulta ser la más polarizada de la historia moderna colombiana, su figura emerge como la alternativa ajena a la clase política tradicional y como la antagonista perfecta del proyecto político que busca darle continuidad a las líneas del actual gobierno. Aunque por un lado no es tan outsider como parece, la mayoría de la gente cree que sí lo es.

Su persona engloba un largo historial de cercanía con las estructuras políticas del país más poderosas de los últimos tiempos. Pero, paradójicamente, la narrativa que su candidatura ha construido a lo largo del último año es la de un personaje que se hizo en el sector privado, formado bajo un paradigma económico en el que vale más la eficiencia que el cálculo político al que estamos acostumbrados en este país.

El personaje que creó alrededor de él es uno de controversias, de opiniones disruptivas, de nociones sobre los valores tradicionales y, sobre todo, de perspectivas radicales que rompen con la idea estandarizada de manejar la política diplomáticamente, como muchos políticos procuran y varios ciudadanos aconsejan en la discusión pública. Y aun así, se alzó victorioso en primera vuelta.

¿Por qué? Es curioso que comparta matices tan similares con Fujimori, con la diferencia de que el primero fue profesor y este abogado. No obstante, ambos atinaron sus dardos en la diana al presentarse como la solución a unas crisis estructurales padecidas por sociedades que percibían su orden político institucional como agotado. El discurso de sus personajes es un ejemplo de la efectividad que trajo consigo cada uno. Y en el caso de De la Espriella, los recientes comicios son resultado de su estrategia para interpretar a la sociedad del presente.

¿Y por qué interpretar a la sociedad del presente? Admito que en los últimos cuatro años yo solía pensar que esa era una tarea sumamente retadora. Retadora tirando a imposible incluso, porque a mí siempre me decían que leer las necesidades de un país era una cuestión de ideologías, identidades políticas, relaciones históricas, dimensiones ontológicas, etc.

Pero la victoria de este candidato demuestra que no necesariamente funciona así. Su propuesta —así su programa de gobierno cuente con menos de 3 páginas— se ganó la aprobación de una masa electoral de más de 10 millones, por la sencilla razón de que apeló a sus necesidades más esenciales, a los sentimientos más intrínsecamente propios de la mayoría del electorado nacional, el cual se ha visto en buena parte desilusionado con las políticas públicas de los últimos años.

Mientras que el candidato rival se ha mantenido al margen de dicho debate, por abstinencia a incurrir en potenciales riesgos de verse asociado a los antecedentes del gobierno actual. ¿Antecedentes frente a qué? Frente a la seguridad, algo tan simple pero elemental como lo es la necesidad de sentir que los grupos armados no amenacen con la integridad de los espacios urbanos, rurales y el resto del territorio. ¿Y qué más? La clase media, sí.

La misma clase que los extremos políticos condenan de no existir, sobre todo en un país donde el ingreso está distribuido de manera tan desigual. Pero igual existe una idea de clase media que logra materializarse en los discursos de De la Espriella: esa clase estándar conformada por núcleos familiares de padres y madres trabajadores, hijos con aspiraciones y una base de ciudadanos que buscan vivir dignamente a pesar de las pujas entre extremos políticos por impulsar su propia idea de desarrollo.

Incluso si el discurso que proponga ese ideal termina ignorando realidades sociales más complejas, es un discurso que funciona porque convenció a muchos de sanar las heridas que les han dejado la discordia y la división. Paradójicamente, en unos tiempos donde los mismos males persisten y se han agravado en el país.

La mayoría de la gente pensará en eso que siente más elemental, por encima de las impresiones que dejan las entrevistas o las declaraciones que varios interpreten como groseras, porque un populismo bien aplicado sobrevive a los daños que ocasione su mismo discurso. Esa es, en parte, la esencia de su propuesta de “Patria Milagro”, de la idea de un país salido de su cabeza y la visión de futuro que nos plantea.

Al final, pareciera que las elecciones no se ganan solamente con maquinarias, sino con discursos de país. Por populistas que unos consideren, por grandiosos que otros perciban o por ordinarios que otros desprecien. La anatomía de un “milagro” nos deja serias preguntas, las cuales nos llevan a replantearnos la misma naturaleza de nuestra democracia.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-sarria/

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