Allá arriba

Para escuchar leyendo: Después de llegar, Delio.

No recuerdo bien dónde ni a quién le leí la frase, pero tengo la certeza de que hablaba de la fundación de Manizales, y con ella, condensaba bien la historia de la colonización antioqueña: Allá arriba, unos antioqueños están fundando un pueblo en contra de la voluntad de Dios.

Por razones de nuestra historia, que no profundizaré en esta columna, nuestros pueblos y barrios siempre fueron abriéndose paso allá arriba, por entre las altas montañas. Pocas veces de manera organizada, pero en general como se podía, por la urgencia de la necesidad, por el tesón y el afán de tener encima un techo distinto a las estrellas.

En Medellín, particularmente, gran parte de los barrios se desarrollaron rápidamente y sin ninguna planeación o técnica más allá del saber artesanal y del afán propio de la necesidad de miles de colombianos que llegaron a la ciudad huyéndole a la violencia. Esta ciudad vivió diferentes procesos y planes de desarrollo urbano en los albores del siglo XX, pero no supo responder al estallido demográfico de los años 50s y 60s ante la llegada masiva de desplazados por la lucha fratricida que se tomaba la ruralidad y la marcada falta de oportunidades en sus lugares de origen.

Por ponerles un ejemplo, la Sociedad de Mejoras Públicas impulsó en 1908 el Plan Urbano, para 1913 la ciudad promulgó el Plan Medellín Futuro y en 1950 el Plan Piloto. Sin embargo, todo quedó corto a la realidad. Para 1938 la ciudad tenía alrededor de 168.000 habitantes, para 1951 ya eran 358.000 y ya en 1964 tenía 772.000. Medellín se duplicó en 13 años y después de otros 13 volvió a duplicarse, en su gran mayoría, allá arriba en las laderas de la ciudad.

Y hay un territorio, en particular, que hoy sigue abriéndose paso por entre el medio del abandono estatal y la informalidad urbana. A menos de diez kilómetros del centro de Medellín, en una ladera que divide a la ciudad y a Bello, está Nueva Jerusalén —cuyo nombre real es la finca El Cortado-, un asentamiento informal de 62 hectáreas donde viven entre 25.000 y 30.000 personas (más habitantes que tres de cada cuatro municipios de Antioquia), en condiciones que el propio Estado ha catalogado como de muy alto riesgo (Corantioquia / DAPARD, 2017).

El 90% de sus residentes llegaron huyendo: o del Bajo Cauca, de barrios de Medellín y Bello, de Venezuela, de territorios donde la violencia los expulsó sin darles otra opción (El Colombiano, 2024). Lo que encontraron allí no fue una solución sino una postergación: sin acueducto, sin centro de salud, sin vías en buena parte del territorio —los enfermos salen en hamacas y los materiales de construcción entran en mulas y en cargueros (El Colombiano, 2024)—, y con un limbo jurídico que ha servido de excusa: el predio le pertenece a Medellín, pero la jurisdicción es de Bello, y esa disputa ha sido suficiente para que ninguna de las dos administraciones asuma la responsabilidad de fondo durante más de veinte años.

Allá arriba se han presentado varios desalojos, como el de 182 familias en 2017 o el de 190 más en 2020, pero no soluciones concretas. Cuatro años después del primer operativo, las familias seguían sin vivienda definitiva y sin recibir los subsidios de arriendo que un juez había ordenado.

En 2025, la modificación del POT de Bello incluyó a Nueva Jerusalén entre los asentamientos a formalizar y ambas Alcaldías instalaron una mesa técnica conjunta. Pasos reales, aunque tardíos para quienes llevan veinte años esperando que el Estado reconozca que existen.

En el día a día no los vemos, y si por algún azar del destino se nos presenta de frente, preferimos voltear la mirada. Nos incomoda, nos interpela, pero es más sencillo pretender que no pasa, que no existe, que no hay gente que vive allá arriba y que para salir en busca de atención médica debe salir cargada en hamacas. A eso ha jugado el Estado, la sociedad en general, a lo mismo a lo que ha hecho con Moravia por ejemplo.

Hay que decirlo en voz alta, insistentemente. Ya es hora de garantizarles la dignidad del día a día, y de tomarse en serio a Nueva Jerusalén.

Allá arriba, unas personas fundaron un barrio en contra de la voluntad de unos alcaldes. Que su vida sea digna y plena.

¡Ánimo!

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/

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