Hoy, considero, Medellín se enfrenta a retos de unas dimensiones mayúsculas y que aún —por esas palmaditas de mutuo elogio— no nos estamos preparando lo suficiente para enfrentarlos.
Hoy la ciudad se encuentra perdida entre lo que es, lo que le impusieron ser y la realidad que la ha obligado ser.
Primero vino el capricho político que la convirtió en Distrito. Y, en un trámite apresurado sin reflexión, ni como resultado de un acuerdo ciudadano, se le quiso asignarle la vocación de la ciencia, la tecnología y la innovación.
Hoy, pese a tener un potencial evidente, la ciudad no ha logrado traducir ese discurso en oportunidades concretas. Los empleos asociados a esos sectores siguen siendo limitados, y las matrículas en programas de ciencia y áreas afines no se han movido significativamente respecto a 2019.
Una forma de aproximarse a la vocación real de una ciudad es observar qué hacen sus jóvenes, qué caminos laborales encuentran. Y esa mirada resulta reveladora en Medellín.
Hoy la mayoría de trabajadores de bares, discotecas, restaurantes y hoteles tiene entre 22 y 35 años, quienes encuentran en estos sectores su primer empleo formal, pero que parece no satisfacerlos, pues en empleos operativos el periodo promedio de permanencia es entre 8 y 14 meses, de acuerdo a un reciente informe de la prensa.
El Dane también estima que en Medellín y su Área Metropolitana, hay empleadas unas 151 mil personas en este sector; demanda que ha chocado con la escasez de personal capacitado para sostener estándares de calidad para la cantidad de visitantes que están llegando a la ciudad.
Los hechos muestran que ese volumen de visitantes le queda difícil a Medellín para atender sus externalidades negativas, pero también ofrecer una oferta turística de calidad congruente con lo que aspiramos a ser como destino.
Durante décadas, Medellín fue reconocida como la ciudad industrial de Colombia. Ese pasado forjó su identidad, su economía y su cultura del trabajo. Hoy, de muchas de esas industrias quedan, si acaso, los iconos.
Las ciudades, en buena medida, están definidas por la forma de insertarse en la economía global. Las ciudades también mueren. Detroit, en Estados Unidos, es un caso típico de ello. De hecho, Medellín estuvo muy cerca de morir.
Por eso, es importante que Medellín no se deje ahogar de ‘éxito’ y tenga la capacidad de encontrarse con su historia, sus cicatrices y sus trofeos, porque así como el turismo masivo llegó de sorpresa, también puede empacar e irse.
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