Actúa como un periodista y escribe…

Leí un posteo en Instagram hace un par de días. Decía algo como: «Tu futuro médico está usando chatGPT para graduarse. Así que sería mucho mejor si empiezas a comer sano». Me reí.

Luego alguien me compartió la videocolumna de Fidel Cano de esta semana que termina. Confesaba que, durante meses, un periodista —aunque intentaban matizar dándole la categoría de pasante o practicante— coló una buena cantidad de notas hechas con inteligencia artificial. Se inventó datos, fuentes, testimonios. Ficcionó. Ya no me pareció tan gracioso.

Y la inteligencia artificial fue su aliado, pues su compromiso —el de estos modelos de lenguaje— no es con la verdad. Le dijo el director del centro de formación en tecnologías de la Universidad EAFIT, Nodo, José Alejandro Betancur, a El Colombiano: «La naturaleza de estos sistemas es inventar. Es software que se equivoca, pero además está diseñado para introducir aleatoriedad en sus respuestas». Lo llaman alucinaciones. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, se preguntó hace años Philip K. Dick.

Parte del debate posterior a la confesión de Cano está en las decisiones que se tomaron. Por ejemplo, borraron todo rastro de lo hecho por el periodista en cuestión. ¿Era la mejor medida? ¿No hubiera sido más responsable dejarlas al aire, pero marcarlas con una advertencia, algo como esta información es falsa y fue hecha con inteligencia artificial para que quienes las leyeron en el pasado sepan con qué fue exactamente que los engañaron?

Luego pensé en otro asunto, no el qué hizo y cómo lo hizo, sino por qué lo hizo. ¿Qué hace que una persona que estudió para formarse como periodista decida, una vez tiene la posibilidad de ejercer este bello oficio —porque lo es— faltarle a su compromiso más básico: lo cierto?

Es de las primeras cosas que les digo a los estudiantes en clase de periodismo narrativo: nuestra tarea es lo cierto, aunque parezca increíble, no con lo verosímil. Y les cuento la historia de Thomas Harvey —que leí en un texto de Juan Forn—, que cruzó de costa a costa Estados Unidos con el cerebro de Einstein en un par de cocas de plástico de Tupperware. Inverosímil, pero cierta.

Y pensando en ese por qué me quedé dándole vueltas al ejercicio de enseñar hoy periodismo. Alguien me dijo alguna vez que no me esforzara mucho con ellos, que igual los iban a reemplazar con IA. Tampoco me hizo gracia. Pero ahí está el personaje que desata este capítulo entre el periodismo y las inteligencias artificiales, leyendo en la pantalla a la caja de texto de chatgepeté donde dice «Pregunta lo que quieras» a punto de digitar algo como actúa como un periodista y escribe un artículo sobre…  Pero por qué.

También les digo en clase a mis estudiantes que no quiero ser un policía de las inteligencias artificiales, que los engañados son ellos mismos y no el o los profesores a quienes les entregan trabajos escritos por programas de computación. No sé ahora si debería seguir diciéndolo, no para convertirme en un perseguidor de crónicas y perfiles escritos a golpe de prompts, sino para plantear en la clase la discusión sobre ese por qué que ahora me ronda.

¿Por qué renunciar a contar una historia como la de Thomas Harvey y dejar que, simplemente, un asistente conversacional que procesa texto y genera respuestas sea el que simule el ejercicio periodístico? ¿Por qué renunciar a la curiosidad para que una máquina rellene con sus alucinaciones donde faltó reportería? ¿Por qué dejar que sea una suma de arquitecturas algorítmicas y modelos estadísticos entrenados los que le cuenten a otros lo que deberíamos hacer los humanos?

Quizá valga la pena intentarlo.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/

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