Hoy salimos a votar. Unos por convicción profunda hacia un candidato, otros por temor, otros por descarte —algo que lleva años ocurriendo en el país. Elegir el menos malo—, otros con esperanza de que viene algo mejor, y otros menos románticos y con poca emoción, despojándose de toda lógica, simplemente como acto político, o por deber moral. Pero todos con la misma motivación: creer que estamos haciendo lo correcto.
Llegados a este punto y luego del desgaste de las campañas, de los debates y de las conversaciones, el cansancio se siente. En las ideas, en los argumentos, en las publicaciones falsas y en las estrategias desesperadas por atraer votantes. También se siente en la calle, en una esquina, en una tienda, en las reuniones con amigos, en el comedor con la familia. Se repiten frases para saber de qué lado se está, y se confrontan discursos para defender en lo que se cree.
Yo estoy agotada. Y no porque la política se me haya convertido en una cosa lejana que hace ruido y me estorba —aunque a veces la siento así— sino porque hay momentos en los que las explicaciones ya no son suficientes para nadie, porque la argumentación siempre termina reducida a cómo eso mismo le aplica al contrario, a cuál candidato es peor o mejor y, entonces, al final, todo vale y nada vale.
Recordaré estas elecciones como uno de los momentos más cruciales de mi vida. Elecciones en las que elegí traicionarme en muchos de mis ideales para poner por encima un asunto superior, que tal vez para algunos sea incomprensible, pero de nuevo, llegados a este punto y cada uno, con su decisión ya tomada, lo que menos me interesa es entender ni que me entiendan. El debate erosionado por señalamientos de aquí y de allá ya no soporta más. Tampoco hay que sostenerlo. Esto es lo que es. Votar con resignación también es un acto político.
Como dice el director de este medio, Daniel Yepes, las verdaderas elecciones comienzan el 21 de junio cuando sepamos quién es el próximo presidente. Nosotros observaremos los resultados con ansiedad y angustia, pero finalmente, aceptaremos lo que venga y seguiremos luchando desde lo íntimo por lo que consideramos correcto, por seguir defendiendo nuestras banderas y construyendo la vida que queremos. Porque es imposible que una sola persona nos defina, porque nadie, por más presidente que sea, nos representará nunca del todo. Porque este país es más que un nombre, un apellido, un animal, un símbolo o una etiqueta.
Este país diverso y hermoso, hoy sumamente dividido y lleno de sangre (porque esa violencia no se ha ido), con sus miles de muertos debajo de los escombros y otros tantos erigidos como estatuas y leyendas, que llora cada día con su terrible destino y que se vuelve loco de euforia cuando ve a la Selección de Fútbol jugar un mundial, seguirá existiendo a pesar de sus gobernantes, a pesar de nosotros, y a pesar de él mismo.
Y hoy, entre la nostalgia y la determinación, salgo a votar, sin garantías, sin certezas. Y me repito, como un mantra, esta frase del enorme pensador Emil Cioran: Y, entonces, para vivir arriesgas lo imposible: aceptas la vida.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/