¿En serio se la van a jugar por un abogado con delirios mesiánicos cuyo mayor aporte a Colombia ha sido defender delincuentes del calibre de Alex Saab, los Nule, Jorge Pretelt, David Murcia o varios parapolíticos? Esa es la hoja de vida pública del candidato que hoy pretende venderse como redentor nacional.
Más allá de su historial profesional, el problema de Abelardo de la Espriella es la incoherencia. Hace campaña con los Gómez de toda la vida mientras dice estar contra el establecimiento. Pasó meses mendigando el aval del Centro Democrático y tocando las puertas de partidos tradicionales, pero ahora pretende imponer el relato de que todos ellos son “la casta”.
Y como si fuera poco, eligió como fórmula vicepresidencial a José Manuel Restrepo —exministro de Hacienda y figura del establecimiento económico— para luego afirmar que Restrepo representa el “equilibrio” de una campaña que cada día se ve más desequilibrada. Durante meses buscó desesperadamente entrar al sistema político tradicional; cuando no lo logró, decidió declararle la guerra. Más que una convicción, parece una reacción.
La construcción del personaje tampoco ayuda a tomárselo en serio. ¿Cómo confiar en alguien que habla de sí mismo en tercera persona y que incluso se autodenomina como un animal con rayas —pintadas, en este caso— como si la política fuera una mezcla entre caricatura y culto personal?
De hecho, mientras más avanza su campaña, más se parece a algo que ya conocemos demasiado bien en Colombia. Abelardo de la Espriella empieza a parecerse cada vez más a Gustavo Petro. Dice que los medios lo atacan, que las encuestas están manipuladas, que existe una conspiración para invisibilizarlo, que “los de siempre” no lo quieren dejar llegar al poder. Todo sería parte de una gran “trampa psicológica”, mientras asegura que “el pueblo se levantó” para acompañarlo en la misión de convertir a Colombia en una “Patria Milagro”.
El libreto es familiar: proclamarse el único intérprete de la verdad nacional, denunciar un supuesto “monopolio del poder” y dividir el país entre los que están con él y los que hacen parte de la conspiración. Incluso recicló la muletilla petrista de “los nadie”, pero rebautizada como “los nunca”. Si no fuera política, sería comedia. Colombia no necesita milagros ni patrias milagrosas. Necesita gente seria, preparada, con ideas y con sentido de realidad. Menos política convertida en espectáculo y menos payasadas alimentadas por la extrema incoherencia.
En su intento por construir un personaje, De la Espriella primero se disfrazó de Bukele y ahora repite el libreto de Javier Milei contra “la casta”. Pero incluso esa comparación queda corta. Con todas las diferencias que muchos podamos tener con el mandatario argentino, su irrupción política tenía al menos un sustento intelectual y una comunidad que se fue formando durante años alrededor de sus ideas económicas. Milei no apareció de la nada. Ese contexto simplemente no existe en el caso del abogado de las mafias. Su proyecto político no descansa en una escuela de pensamiento, ni en una comunidad intelectual, ni en una trayectoria pública de ideas. Descansa en un personaje. Y como ocurre con todos los personajes construidos a la carrera, tarde o temprano la máscara se cae y las rayas se destiñen.
Por eso este mensaje es directo: abelardista, desmovilícese. Si su anhelo es realmente “salvar la patria”, parta de su buena fe como votante y no caiga en las mentiras de un candidato que tiene más contradicciones que propuestas. Y si su impulso es simplemente un voto antipetrista, conviene decirlo sin rodeos: un voto por Abelardo de la Espriella es, en la práctica, un voto más para que el petrismo llegue fortalecido a una segunda vuelta.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/