Morir, eso no se le hace a un perro.
Porque qué puede hacer un perro
en un apartamento vacío.
Se abre la puerta, el piso está limpio
Las matas en el balcón.
Parece que nada ha cambiado
y, sin embargo, ha cambiado.
Después de una semana tratando de comprender mis emociones, buscando estar tranquilo y sereno no puedo empezar esta columna de otra forma distinta a esta adaptación de un poema de Wisława Szymborska que habla sobre un gato, pero yo le hablo a mi perro.
Perseo, mi perrito de año y medio, se murió la semana pasada atropellado por un carro. Era un Border Collie lleno de energía, de pelo negro y gris, con ojos azules pálido.
Jalaba, daba vueltas cuando le iba a tirar una pelota o un Frisby, me pedía un montón de veces que lo sacara a jugar, me buscaba para que me quedara sobándolo… y se fue, con un golpe que no vi. Solamente me monté en el carro que nos atropelló, nos llevó hasta una clínica veterinaria, lo trataron de reanimar, pero nada pasó.
Escribo esto con algo de shock, consciente de que no he aterrizado todavía sabiendo que la casa está sola, que él no camina ni salta por el corredor, ni se queda con la cabeza acostada sobre mi cama para sacarlo a jugar, a darle comida, a acariciarlo, que no aúlla ni hace ruiditos que decíamos que eran como de velociraptor, ni me muerde los dedos de los pies…
Algo que me ha marcado en la vida es mi relación con mis perros. Han sido vínculos profundos e intensos, en los que pasamos mucho tiempo juntos, conocemos gente, recorremos el mundo caminando por horas, a veces en parques de juegos, otras en cafés, hasta en mi universidad. Aunque no haya palabras la relación que construí con mis perros está llena de intimidad, en la que estar juntos, vernos los ojos, sentirnos, nos daba alientos. Una forma en la que constantemente aprendes a conectar dos mundos para poder comunicarte, para tener un amigo, es una forma de amor absoluta, que no depende de condiciones, solo de dar y recibir cariño. Agarrar a un perro con una correa es como llevar de las riendas a un caballo: siente tu estado de ánimo, te enseña a estar sereno, a darle tranquilidad y autoridad, a entender mejor qué es lo que cada uno siente, a canalizar tu propia energía y dársela al perro. Y perder eso es estar roto.
Los perros cada vez están más presentes en nuestra vida familiar y social. Cada vez más hay centros comerciales, restaurantes, zonas de eventos, o incluso consultorios médicos donde es normal que la gente vaya con las mascotas. Cada vez tienen más presencia dentro de nuestras vidas como miembros de la familia y, sin embargo, la pérdida de Perseo me tiene con rabia, evitando sentir sentimientos de culpa, bloqueando de mi cerebro cualquier imagen que me alborote la tristeza, la impotencia y la frustración por perder a mi perro, a mi amigo, tratando de pasar la calle para salir a jugar, cuestionándome qué tanto pensamos en el lugar que realmente les corresponde, no pordebajeándolos como todavía muchas personas hacen criticándonos a los que tenemos mascotas, sino pensando en cómo darles la mejor vida posible, cómo hacer que ese mundo que compartimos se adapte a ellos (y también a nosotros) para tener una vida más digna.
Después de este accidente, en el que no había semáforo ni un paso peatonal, pienso poner una PQR, y, averiguando la situación acá, en la Loma de las Brujas, no han puesto nada de esto debido a que está lleno de urbanizaciones privadas. Hay asilos, trabajadores y peatones que pasamos la calle todos los días, pero no se nos garantiza la seguridad para movernos tranquilos dentro de una zona residencial, y probablemente, a menos de que haya accidentes como este, no hay el suficiente interés de promover la seguridad, entonces, ¿Cada niño, cada viejito, cada perro que salga a la calle debe estar merced de cualquier carro que pase, sin darse cuenta de nada ni nadie que tenga cerca? Celebro que cada vez haya más tolerancia y más interés en darle apoyo y bienestar a los animales, pero como sociedad todavía falta mucho por hacer en cuanto a empatía y en seguridad para darles una vida digna.
Me quedé procesando el choque, preguntándome si fue mi culpa, repitiendo en mi cabeza muchas veces “fue un accidente”, pasando por la negación, ignorando cosas, o acordándome de él con ansiedad, pensando en el choque, en sus ojos azules vacíos y opacos como si fueran vidrios sucios. Un duelo es contradictorio, te confronta, te revuelve tus emociones y tus sentimientos, te desborda, y en uno como este, tan duro y tan repentino también me da miedo, miedo del choque, ansiedad cuando pienso en él y veo sus videos y sus fotos, pero ante todo es también un esfuerzo para seguir demostrando y nutriendo todo el amor que tuvimos juntos.
Perse es vida, lo siento por la casa con su sonrisa canina, lo veo saltando para que le tirara la pelota, estirándose y bostezando para que lo sacara a jugar… es un refugio, un recuerdo feliz que nos dio como familia una motivación para ser fuertes y darnos alegría en momentos muy tristes. Tuvimos muchas ilusiones juntos, y me duele en el corazón no haberlas cumplido, pero doy gracias por tu vida, Peludito, porque fuiste feliz, porque nos diste amor, porque fuiste valiente, inteligente, juicioso y cariñoso, y ante todo siempre serás mi héroe.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/