Tener un hijo es buscar, todo el tiempo, formas de explicar el mundo. Poner en palabras cosas terribles, milagros, presentimientos. Hablar de dinosaurios sin tener idea. A mi niño, si la historia no le convence, tranquilamente dice: “Ma, no te creo”. A veces la niña soy yo y es él quien me enseña a hablar. Puedo explicarle cómo nace un río, cómo hace el ángel de la guarda para escucharlo cuando reza o por qué los búhos y murciélagos salen a pasear de noche. Incluso sé que puedo presentarle a su madre y sus hermanos. Lo que no encuentro cómo explicar es por qué un hombre carga un arma.
Lorena Salazar Mazo, Esta herida llena de peces
¿Cómo explicarle este país a un niño?
Podría empezar por lo fácil. Colombia tiene una posición geográfica privilegiada, salida a dos mares, fronteras con varios países, biodiversidad, agua, paisajes que parecen inventados. Eso lo aprendimos de memoria, como si todavía estuviéramos en un quiz de primero de primaria.
Lo difícil viene después.
¿Cómo explicar que este es también un país marcado por la violencia? Que en 2024 se registraron más de catorce mil homicidios y que la gran mayoría se cometieron con armas de fuego. Que entre las mujeres asesinadas, una de cada tres muertes fue clasificada como feminicidio. Que la violencia no solo ocurre en el monte, en una guerra o en manos de grandes organizaciones criminales. También ocurre en la casa. También en la calle. También después de una noche de tragos.
En 2024, Medicina Legal realizó más de veinte mil valoraciones por violencia intrafamiliar (sin contar la de pareja). La mayoría de las víctimas fueron mujeres. Ese mismo año se registraron decenas de miles de casos de violencia interpersonal, y buena parte de ellos tuvieron como circunstancia una riña. Entre 2013 y 2022 se identificaron más de cuarenta mil muertes asociadas al consumo de alcohol. En más de la mitad de los casos analizados había embriaguez de tercer grado. El propio Ministerio de Justicia advierte sobre la relación entre el alcohol, la agresividad y hechos como homicidios y lesiones.
Entonces vuelvo a la pregunta de Lorena:
¿Cómo explicar por qué un hombre carga un arma?
El pasado 8 de septiembre, el presidente Abelardo de la Espriella firmó el Decreto 1368, que levantó la suspensión general de los permisos para el porte de armas de fuego. El Gobierno ha insistido en que esto no significa porte indiscriminado: quienes ya tienen un permiso vigente pueden volver a ejercerlo y ya no necesitan una autorización especial adicional. Los permisos vencidos, suspendidos, cancelados o revocados no recuperan su validez. Un permiso de tenencia no se convierte en uno de porte. El Estado conserva el control.
Pero hay otra diferencia que me interesa más: una cosa es lo que dice el decreto y otra lo que escucha la gente cuando oye al Gobierno explicarlo. Porque quien no va a leer el texto probablemente se queda con una idea mucho más sencilla: el Gobierno volvió a permitir que los ciudadanos puedan portar armas para defenderse de los delincuentes.
Y es entendible. Ese es precisamente el corazón del mensaje: mientras los delincuentes están armados, el ciudadano que cumple la ley debe poder defenderse.
Esa es mi preocupación.
No porque crea que el ciudadano deba quedar indefenso. Creo en la legítima defensa. Si alguien amenaza mi vida o la de mi hijo, no creo que la víctima tenga que quedarse quieta esperando que llegue el Estado.
¿Estamos preparados para vivir en una sociedad en la que más ciudadanos estén armados?
Porque Colombia no solamente tiene delincuentes armados. Tiene también rabia, intolerancia, alcohol, celos, deudas, problemas de pareja, discusiones de tránsito, vecinos que no se soportan, partidos de fútbol que terminan mal y fiestas que se salen de control. La mayoría de esas discusiones terminan en nada. Por fortuna. Pero ¿qué pasa el día en que, además de la rabia, hay un arma al alcance?
La ley puede establecer requisitos. Puede exigir permisos, antecedentes, certificados y controles. Y debe hacerlo. Pero ninguna autoridad puede evaluar cómo reaccionará una persona dentro de tres años, después de una pelea, después de cinco tragos, después de una traición o en medio de una discusión que empezó por una estupidez.
El Estado debe perseguir a las estructuras criminales, desarmar a quienes utilizan las armas para delinquir, fortalecer a la Fuerza Pública, recuperar el control territorial y garantizar que quien cumple la ley pueda vivir seguro. En eso no debería haber discusión.
Pero una cosa es fortalecer al Estado para que pueda protegernos y otra pensar que la respuesta a una sociedad violenta es poner más armas al alcance de sus ciudadanos.
No creo que quien quiera tener un arma sea una mala persona. Tampoco creo que portar un arma convierta automáticamente a alguien en violento. Pero tampoco creo que una sociedad más armada sea, por definición, una sociedad más segura.
Colombia ya es un país herido. Y quizá por eso debemos tener más cuidado, no menos, con las herramientas que ponemos en nuestras manos.
La legítima defensa es un derecho. La seguridad es una obligación del Estado. Y un arma no debería convertirse en la primera respuesta frente a una sociedad que todavía no ha aprendido a resolver muchas de sus diferencias sin violencia.
Quizá eso es lo que no sé cómo explicarle a un niño. Cómo puede un país tan hermoso tener tantas heridas. Y cómo, después de tantos años de intentar quitárselas, todavía seguimos pensando que la solución puede ser poner un arma al alcance de la mano.
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