Se paseó entre los cadáveres como en un reinado de la muerte. Era un desfile sin carrozas, música o banderas: solo cuerpos empaquetados que representaban a hombres, mujeres, incluso niños que, en el marco de la guerra, en algún momento de su historia fueron bendecidos por el mismo Dios, de derecha o de izquierda, y que para los ultracreyentes, son fruto de la imperfección y cuya naturaleza no era digna del soplo divino.
Pero ningún desfile existe sin espectadores y toda victoria en tiempos de guerra necesita un relato. El César de tierra caliente, Abelardo de la Espriella, se apoderó de ese derecho y declaró que erradicaría toda mala hierba que no le funcionara. Vale precisar que, en la historia los emperadorcillos que sobre los cuerpos de sus enemigos danzaban terminaban sus días enfrentados a la peor daga: la culpa.
Mientras tanto, quienes miraban detrás de las pantallas presenciaban el ritual con asombro. Algunos celebraban, con la morbosa satisfacción de estar del lado correcto de la historia. Otros, de los que se cuentan unos cercanos, agradecieron al cielo por abatir a quienes consideraban sobrantes del mundo: malas sañas, pecadores y bestias que nacieron para matar sin otra opción; al menos, no la opción de quienes, con entusiasmo, ante el altar de la iglesia de Lourdes, en pleno domingo, recién desempacados de sus quehaceres de clase media bogotana, proyectaron en sus familiares.
No se trata de defender a quienes han causado dolor y contravenido las normas. Sin embargo, celebrar la muerte de alguien, bajo el criterio del buen muerto, deja ver un asunto que, contrario a lo que se quiere mostrar, habla del desprecio por la vida. El modus operandi es el mismo entre los aprendices de tiranos: primero se deja de ver al adversario como alguien y se convierte en una categoría. Posteriormente, se vacía de derechos a quienes están en la confrontación rotulándolos como una amenaza, y por último, se les extermina y su muerte se exhibe como trofeo.
En el show de horror montado por el Gobierno, no todos los espectadores miraban de la misma manera. Buena parte de los colombianos reconocieron que quienes existen en su forma corpórea, pero ahora inertes en las bolsas blancas, siguen siendo humanos. Dicha situación, de Perogrullo, habla más de quien lo ve que de quien está en su forma fúnebre, porque la memoria de la guerra colombiana la construyen quienes, en bandos contrapuestos, habitamos la sociedad: adolorida y ensimismada.
Ante tal brutalidad de la guerra se nos olvida que esta tiene reglas. Acuerdos normados que nos diferencian de los bárbaros. Sin embargo, respetar el dolor de las familias de los adversarios no debería pasar únicamente por una obligación en el marco de tratados internacionales; debería ser lo más básico del quehacer humano. Por la razón que tiene en las normas y por la fuerza que tiene en la vida civil.
De ahí que el Derecho Internacional Humanitario parta de una idea inconcebible para los defensores de la vida que, contrariamente, celebran la muerte: incluso en la guerra hay cosas que no podemos hacer. Recordemos que la ética comienza justamente ahí, donde la moral ya no alcanza. La moral puede ayudarnos a juzgar al otro; la ética nos obliga a preguntarnos qué hacemos nosotros con ese juicio.
Es precisamente en la condición impuesta por Abelardo, como todopoderoso, que aquel desfile adquiere otra dimensión. Ya no se trata solamente de los cuerpos que fueron mostrados, sino del mensaje que queda cuando un Estado decide calificar a los contrincantes, bajo el rótulo del buen muerto, contrariando toda lógica y llamado del Derecho Internacional Humanitario.
Pienso en todas las madres que han perdido a sus hijos en la guerra, sin importar de qué bando sean. Para ellas eran sus hijos, y sufren en la trastienda de la desidia por enterrar a sus queridos: siempre queridos, aunque arrasados por el adversario, bueno o malo, dependiendo de quién cuente la historia. Porque para una madre no existe un “hijo del mal”. Existe el hijo: el que nació, el que abrazó, el que alguna vez volvió a casa. Incluso aquel que hizo daño y terminó siendo, para otros, un enemigo.
Es paradójico que, en la patria milagro, no se pierda oportunidad para gritar, entre afines y adversarios: “¡Que viva Cristo Rey!”. Valdría la pena recordar que el Mesías murió por justos y pecadores por igual. Se dice que resucitó al tercer día y que está sentado a la derecha del Padre. No ocurrió lo mismo con los soldados, las víctimas del conflicto ni con los adversarios expuestos en bolsas de plástico. Ellos no resucitaron; quedaron convertidos en evidencia de una victoria que, en nombre de Dios o de alguna causa “justa”, alguien decidió celebrar.
El desfile terminó, pero no quedó ahí. Sospecho que no es gratuita la masiva solicitud de permisos para portar armas, que llevó a que la página de Indumil colapsara ante quienes, ávidos de “justicia”, quieren encargarse de reclamar, por la razón o por la fuerza, su victoria. Como si el panorama no fuera ya preocupante, Marco Rubio llega a Barranquilla a hablar de seguridad, de esa categoría movediza en la que Estados Unidos es experto y que Colombia sufrió durante la primera década de los 2000. Fe, armas y guerra parecen encontrarse en el mismo lugar.
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