La moral de los Estados

Las acciones estatales, como las humanas, son en sí mismas actos morales. No hay actuación que esté por fuera de un marco axiológico, que no considere una pregunta ética. Incluso si esta opera de manera inconsciente en los individuos como en las sociedades. Dice Adela Cortina, y antes que ella la filosofía moral en pleno, que todos los seres humanos tienen una estatura moral, que la condición humana es irremediablemente ética. Que nosotros, en tanto somos, tenemos moral.  Si hacemos una versión libre de “Hijos de la época” de Wisława Szymborska, podríamos decir:

Somos hijos de la época,

la época es moral.

Todos tus asuntos, los nuestros, los vuestros,

asuntos diurnos, asuntos nocturnos,

son asuntos morales.

Quieras o no quieras,

Tus genes tienen un pasado moral;

La piel, un tono moral;

Los ojos, un aspecto moral.

La circunstancia de seres morales no implica que no tengamos consideraciones a propósito de los fines de nuestras acciones, sobre la utilidad práctica de ellas. El pragmatismo, entendido de manera reduccionista como una postura frente a las consecuencias prácticas de las ideas, también se incorpora en la discusión moral. De hecho, no existe una oposición entre la moral y las consecuencias prácticas. Como bien ha señalado Max Weber, la clave de un buen político está en la ponderación entre la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad, es decir, en el examen de los principios morales y sus derivas en la vida real.

Adela Cortina lleva la discusión mucho más allá al plantear que la acción moral es, de hecho, una actuación que tiene buenos resultados: abarata costos, favorece el crecimiento económico, genera profesionales y no solo técnicos, y contribuye a que tengamos una democracia verdaderamente auténtica. Todas esas no son cuestiones abstractas propias de la catequesis o el buenismo, son consecuencias prácticas en el sentido más realista.

Por eso es un error señalar como una cuestión dicotómica la moral y los resultados. Es equivocado sugerir que, por ejemplo, los Estados deben hacer concesiones éticas para favorecer ciertos fines, como si la moral fuera una suerte de barrera para las actuaciones de los Estados. Los deberes éticos no son muros de contención para la praxis estatal. Si aceptamos la tesis de Cortina, la ética es, por el contrario, el marco que permite la actuación más beneficiosa, porque de ella se derivan las mejores consecuencias.

Los Estados son además instituciones que deben salvaguardar la moral social. Por eso sus actuaciones tienen que ser distintas, incluso cuando se hace uso de la violencia legítima para sancionar a los que incumplen el pacto democrático, para contener la infamia. Cada vez que se trastocan las estaturas morales o que se empantana el mandato de sostener la moral pública, hay un descenso a la ruina social, como una suerte de caída al siguiente círculo del infierno político.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/

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