Ahora hablamos

A la mamá la están operando mientras escribo.

Afuera el mundo sigue como si no estuvieran operando a la mamá: un chipmunk canta (o genera ese chillido agudo y repetitivo) parado en la chambrana de madera del porche de atrás. Lo interrumpe otro chipmunk y se ponen a jugar a perseguirse a sí mismos.

Hace rato a la mamá le estaban canalizando la vena. Ahora hablamos, dijo, y yo repito esas palabras como una oración: qué podría pasar.

La cirugía ha sido casi un chiste: primero le dijeron que sería entre el 15 y el 25 de junio, y yo tiré todos mis planes de escribir en el verano, compré un tiquete carísimo, hice un viaje de dos días que incluyó tomar tres aviones, dormir en el aeropuerto, cinco horas de bus.

Tuve que devolverme casi sin abrir la maleta, con la mamá caminando despacio por el dolor y con miedo a sentarse y tener que volver a pararse.

Estuvimos esperando hasta esta mañana, cuatro de septiembre, porque ya la habían cancelado dos veces. Esta semana, en la primera llamada que le hicieron, dijeron: de pronto tiene la cirugía el viernes.

De pronto.

Era difícil explicarles a los amigos de este país del norte, ellos que tienen un sistema de salud privado, costoso, difícil, complejo, inequitativo, que aunque la cirugía la habían aprobado en mayo, primero había que pedir un permiso y luego otro, y que el Fomac (cómo explicar qué es el Fomac) decía que era problema del hospital y el hospital decía que del Fomac, y luego que el médico solo operaba los lunes, y en julio casi todos los lunes fueron festivos.

A la mamá la deben estar operando en este momento, pero la tía no contesta.

Los chipmunks siguen jugando, comiéndose el único rosal que sobrevivió al invierno y resiste este verano.

Hace días escuché la muerte justamente en uno de esos roedores de la familia de las ardillas —que no tiene traducción al español salvo como ardilla (recordar Alvin y las ardillas), pero que son más parecidos a un ratón con cola peluda—: quedó atrapado en una trampa grandota y gritaba —como si pidiera la ayuda de otros chipmunks que no llegaron nunca— y se escuchaba la madera contra el piso, la lucha por salir. Quise liberarlo, pero me pudo el miedo, y luego solo escuché un grito profundo y final.

No lloré por pena.

La tía confirma que la mamá está en cirugía.

El sol salió campante como todos los días: ahora toca suavemente a los árboles del patio generando un nuevo tono de verde. Cuántos tonos de verde existen en los árboles. Pero es una mentira del aire acondicionado: afuera la temperatura está a 31 grados centígrados con humedad del 74 %. Hay advertencia de calor extremo.

No quiero hablar de los problemas del sistema de salud colombiano, tan obvios, tan conocidos —aunque la repetición sea necesaria.

Quisiera, por ejemplo, hablar de qué es un muerto.

Un muerto, por ejemplo, puede ser un objeto, o varios objetos, envueltos en bolsas plásticas blancas organizados para que el máximo jefe se pasee entre ellos para el video. O los muestre como trofeo de guerra.

No duelen ni importan los muertos si son el enemigo.

Pero yo pienso en Actos Humanos, el libro de Han Kan, segundo capítulo. “Nuestros cuerpos estaban apilados en forma de cruz. Sobre mi barriga tenía a un señor desconocido, colocado transversalmente en un ángulo de noventa grados, y encima de la barriga del señor, había un joven bastante mayor que yo, también desconocido… Si pude ver todo esto es porque aún seguía bien pegado a mi cuerpo”.

Un muerto es uno mismo en el futuro.

Y en el futuro, cuando no haya posibilidad de moverse por sí mismo, ojalá haya dignidad (o un poco, por lo menos), sobre todo por el dolor de los que todavía pueden ver.

Hay una amiga que dice: hay que ser mejores personas que los demás.

Pero no sé por qué estoy pensando en la muerte.

No hay que pensar en la muerte si la mamá está en cirugía y uno está lejos. De lejos todo es más difícil: cuando la mamá me llamó después del terremoto, mostrándome las grietas del apartamento, con el gato escondido, con las noticias diciendo que Manizales, ahí donde viven la mamá y el gato, era una de las ciudades más afectadas, el cuerpo rogaba por la teletransportación, pero solo quedaba conformarse con una llamada: que la mamá está bien, que el gato está bien, que el apartamento está bien.

Uno pensando que la mamá se puede morir en una cirugía y podría, de pronto, temblar la tierra.

Llame, tía, diga que la mamá salió bien.

Uno no piensa en la muerte si la mamá está en una cama de hospital, anestesiada. Si el mayor miedo de la vida es ser huérfana de padre y madre.

El médico dijo que era una intervención fácil: un aparato muy tecnológico, que se dañó el mes pasado —justo el día antes de la cirugía— , abre dos huecos en la espalda baja, pone dos tornillos que le ayuden al sacro a funcionar mejor, y ya está.

El chipmunk acaba de arrancar el tallo miniatura de una plantita que intentaba ser, que mi novio había plantado hace dos semanas. Miro hacia otro lado: no quiero ser testigo y tener que acusarlo más tarde. Ahora hace silencio, inmóvil sobre la chambrana de madera, jugando a la congelación.

Papá, que la mamá no se vuelva un muerto como vos, por favor. No todavía.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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