La confrontación ideológica ha tomado fuerza en estos tiempos. El surgimiento de una nueva derecha -que ha cuestionado, retado y superado a la derecha institucional- y la consolidación de la izquierda tras un nuevo proceso de apertura democrática, han marcado matices que definen, sin ambigüedades, la identidad política tanto de las personas como de las ideas.
Algunos dirán que esto es positivo. Que la demarcación de fronteras ideológicas es producto de la maduración de una cultura política que entiende y enfrasca de manera clara las opciones políticas disponibles y que las personas se adscriben a una o a otra según su preferencia, sin embargo, esto también ha implicado el atrincheramiento, la construcción de barreras, ataques constantes, la imposibilidad de diálogo y la incapacidad de entender al «otro» que se refugia en su bando, la construcción de enemigos y la división de la sociedad. En última instancia, se ha establecido un escenario de guerra donde las únicas opciones son vencer o ser vencido.
No escribo esto desde una postura centrista que pretende ser puente entre trincheras: el diálogo, la moderación y la posibilidad de construir juntos perdieron en el último ciclo electoral, eso quedó claro. Vengo con una preocupación: ¿los problemas tendrán que escoger un bando para ser solucionados?
El fenómeno del «superniño» que se consolida en nuestro trópico no espera una solución de izquierdas o de derechas; tampoco sus consecuencias en el abastecimiento de agua, la generación de energía, las sequías, los incendios forestales, los choques de calor y su impacto en los cultivos, las vidas humanas y los ecosistemas.
Los retos de gobernanza y de seguridad en los territorios que más han sufrido la violencia armada y estructural no deberían esperar una filiación ideológica para que sus vidas puedan desarrollarse sin miedo.
Las personas mayores y los pacientes de enfermedades graves no pueden esperar a qué bando le gana al otro para que sus padecimientos sean canalizados adecuadamente en un sistema de salud que dignifique sus vidas o lo que les queda de ellas.
Sé que la discusión política tiene como objetivo dirimir los tipos de soluciones que cada bando propone según su visión de la sociedad, pero este atrincheramiento nos está llevando a desconocer, incluso, los problemas que tenemos en frente por asumirlos propios del banco contrario.
Ni la dignidad de las personas, ni garantizar su seguridad, ni la protección de la naturaleza como sustento de nuestra propia existencia, así como la búsqueda de la paz, el respeto por las libertades individuales y los derechos ganados por el avance social deberían tener trinchera política. Nadie debería sentirse incómodo, ni señalado por defender estos temas. Cualquier bando, ganador o aspirante a ganar, debería responder a ellos sin que su desconocimiento sea una arma contra el bando contrario.
Ojalá la guerra ideológica -que no es más que una forma en que los poderosos manipulan a las masas para acceder al poder- no nos conduzca a la destrucción por atrincherar -y desconocer- los problemas que nos pertenecen a todos.
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