Ver llover

La extrañeza de lo que no eres o no posees más, te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos. 

—Italo Calvino. Las ciudades invisibles.

Un lento respirar de aguas lo dejó absorto. Hacía ya mucho tiempo, perdido entre sus viajes, vericuetos y otros tártaros, que no escuchaba la otra cara de la lluvia. Vendaval. Huracán. Tormenta tropical. «¿Resistirán las tejas?», pensó bajo el granizo que asedió el techo como si de piedras se tratara. Una que otra gotera se filtró entre las ranuras hasta salpicar dentro de los baldes que el chef ubicó sobre las baldosas naranjas con rombos verdes. En esas estábamos, cuando Pericles me preguntó: «¿lluvia de dónde?»

Hablo de Pericles, el de errático peregrinar. Mismo de siempre, pero cambiado. Viejo amigo de caminos muertos de los que ya poco o nada recuerdo. Llegó esa tarde, algo flaco, quizás ya demasiado liviano. Parecía pasto seco. La lluvia nos agarró reposando el almuerzo. Él fumaba fuera del restaurante, sobre un parqueadero de guijarros, café en su mano derecha, cigarrillo en su izquierda. Me contaba que nunca fue bueno para armar nudos de corbata.

De un cielo que no habíamos detallado nos cayeron dos o tres gotas ligeras, incipientes, que no nos asustaron. «Lluvia espantabobos», dijo con el cigarrillo en los dientes. Seguimos conversando de alguna otra cosa con la mirada fija en el suelo. Sí, lo recuerdo. Hablábamos de sus dolores nuevos sobre cuyo origen se atrevió a teorizar: «Son recuerdos agridulces que, de repente, toman forma y, sobre todo, peso». Pero las gotas se esforzaron, como rabiosas, como desafiantes, y empezaron a trazar dañinos círculos y otras formas en su cigarrillo que todavía tenía tabaco por escurrir. Pericles se vio obligado a abandonarlo entre las piedras que se encargarían de sepultarlo. Entramos.

El hombre se quedó tieso con el insistente y repentino aguacero propio de los verdeoscuros valles del trópico. Todo se desató en instantes. El eco inmanejable que provoca la lluvia sobre los techos de zinc nos obligó al silencio. Cesó todo ruido al interior del restaurante, desde el vallenato proveniente de parlantes mal amarrados en una esquina, hasta la agonía de la olla pitadora, siempre presente en la distancia —pero bien disimulada— ante tan intenso volumen celestial. Ambos mirábamos hacia el ventanal mientras bebíamos café negro en sorbos mudos. Ver llover, me diría después, le recordaba siempre su entonces indeleble listado de deseos que hoy inspira sus frías carcajadas sarcásticas. Pero en ese momento no valía la pena decir nada. La respuesta estaba asegurada: ¡¿que qué?! 

Bien sabemos que estos diluvios como de la ira de dioses muertos y apagados cesan en minutos. Nunca acumulan horas. Pericles parecía ensimismado ante semejante estado anímico del clima. Estaba acostumbrado al ritmo de los climas partidos en estaciones, no a estos azotes imprevistos y sin metodología. Incrédulo, me pidió que regresáramos al parqueadero. Hondos charcos habían aparecido, todo estaba emparamado, pero la lluvia se había ido. Solo quedaba un tenue viento que esparcía minúsculas partículas de agua como un lento respirar de una furia que se disuelve y, apacible, acaricia mejillas. Pericles tomó otro cigarrillo y, con el engañoso alivio que deja una angustia imprevista que de repente olvidamos, la conversación volvió a empezar.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/

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