Voté por primera vez a la Cámara de Representantes en 2018, y lo hice convencida. Fui testigo electoral en esa campaña, la primera que hice por el Chocó, y el número y el partido que marqué en el tarjetón fue el 102 del Partido Liberal: el de Nubia Carolina Córdoba. No lo hice por cálculo ni por costumbre: lo hice con entusiasmo por ser mi primera elección y además, porque desde entonces supe que esa mujer representaba algo que a las chocoanas rara vez nos dejan ver de cerca —una candidatura hecha con seriedad, con estudio, con la certeza de que el Chocó merece algo distinto a la resignación—. Han pasado ocho años desde ese primer voto, y no he dejado de estar cerca de sus procesos: la vi ser Secretaria del Interior del departamento, cargo que desempeñó con entereza, disciplina y determinación, en el 2023 la acompañé en su camino a la Gobernación, y hoy la veo gobernar con una entereza que, sinceramente, no deja de conmoverme.
Escribo esto sin pretender objetividad, porque no la tengo. Nubia Carolina es, para mí, una inspiración declarada. Y creo que también lo es —o debería serlo— para todas las niñas del Chocó, para las niñas negras, para las niñas afro, para las que como yo nacimos en un departamento donde, como siempre se dice, “por todo hay que luchar”. Pero luchar siendo mujer tiene una connotación distinta, un peso adicional que no todas logran sostener hasta el final. Ella lo sostuvo. En 2023 se convirtió en la primera mujer elegida por voto popular para gobernar el Chocó, a los 33 años, después de haber perdido a su padre siendo apenas una adolescente y de haber salido del departamento a formarse —derecho, especialización en derecho ambiental, una maestría en Barcelona y un doctorado en curso— para después volver. Volver es la parte que más pesa. Muchos se van del Chocó y no regresan; ella se formó afuera para gobernar adentro.
Desde el terremoto del 10 de agosto, el país entero volteó a mirar al Chocó, y lo que encontró fue una gobernadora recorriendo, municipio por municipio, los territorios más golpeados, incluido San José del Palmar, epicentro del movimiento de magnitud 7,4. La vimos con guantes puestos, cargando ladrillos junto a su gente, sin protocolo de por medio. Y esa entereza no ha sido solo simbólica: en apenas dos semanas su gobernación logró cerrar la primera fase de entrega de ayuda humanitaria en el cien por ciento de los municipios afectados, con cerca de 210 toneladas de alimentos, carpas e insumos médicos distribuidos, mientras avanza la evaluación técnica de los daños. Son cifras que hablan de gestión, no solo de presencia.
Y sin embargo, lo que más me indigna —y lo digo con esa palabra porque no encuentro otra más honesta— es que a una parte del país le haya sorprendido que la gobernadora del Chocó hable varios idiomas, que sea una mujer preparada, doctoranda, con una hoja de vida sólida. Ese asombro no dice nada de ella; dice todo de un imaginario colectivo que nunca esperó que del Chocó saliera algo distinto a la carencia. Se les olvida que aquí, en medio de todas las ausencias del Estado, lo que ha sostenido a las familias chocoanas ha sido la obsesión de los padres por la educación de sus hijos. Se nos quedó grabada, generación tras generación, la frase de nuestro prócer Diego Luis Córdoba: “por la ignorancia se desciende a la servidumbre, por la educación se asciende a la libertad”. Nubia Carolina no es una excepción milagrosa: es la prueba de lo que el Chocó ha estado haciendo en silencio durante décadas.
No quiero caer en el triunfalismo fácil. Sé perfectamente que cuatro años de gobierno no alcanzan para reparar lo que generaciones de abandono estatal han roto, y que un departamento no se transforma de la noche a la mañana ni siquiera con la gobernadora más capaz. Pero sí estoy segura de algo: se están sentando cimientos. Se está construyendo, con las manos y con la gestión, la base sobre la cual el progreso del Chocó por fin puede empezar a caminar. Y ver a una mujer chocoana, negra, políglota, formada, al frente de esa tarea, no es un detalle menor para quienes crecimos pensando que ocupar ciertos escenarios no era para nosotras.
Sueño, y lo digo sin pudor, con verla ocupar espacios políticos de mayor impacto. El Chocó necesita liderazgos como el suyo en escenarios donde históricamente no se nos ha permitido incidir con la misma fuerza. Por ahora, en sus manos —literalmente, entre ladrillos y escombros— estamos en ruta hacia el progreso. Y yo, que la vi nacer como candidata y hoy la veo gobernar como una convicción cumplida, seguiré creyendo que sí se puede, porque ella nos lo está demostrando todos los días.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/ximena-echavarria/