Hay una diferencia fundamental entre el credo y el dogma. El primero nace de una convicción íntima, de una búsqueda humana por encontrar sentido frente a aquello que no podemos explicar. El segundo aparece cuando esa búsqueda pretende convertirse en una verdad absoluta, organizada, administrada y, muchas veces, utilizada para gobernar la conducta de los demás.
El problema no está en creer. El problema aparece cuando alguien pretende apropiarse de aquello en lo que otros creen. Cuando la fe deja de ser una experiencia espiritual y comienza a convertirse en instrumento político, mecanismo de control o incluso mercancía. Allí la religión deja de hablarle al hombre y comienza a hablarle al poder.
La historia está llena de ejemplos. Cruzadas emprendidas en nombre de Dios, guerras justificadas por la defensa de una verdad religiosa, gobernantes que encontraron en la fe una fuente de legitimidad y líderes que convirtieron la devoción de millones en obediencia. No significa que la religión sea responsable de esas tragedias. Significa que el poder ha aprendido, una y otra vez, a utilizar aquello que para los seres humanos tiene un valor sagrado.
Raimon Panikkar advertía precisamente sobre esa tensión: la religión puede convertirse en una estructura cerrada cuando confunde su propia interpretación con la totalidad de la verdad. Y cuando esa estructura entra en política, el dogma puede terminar ocupando el lugar del pensamiento. El adversario deja de ser alguien que piensa diferente y se convierte en alguien que amenaza la verdad.
También por eso resulta inquietante observar cómo el lenguaje religioso aparece cada vez con mayor frecuencia asociado al poder, a la riqueza y a la construcción de liderazgos personales. Hay algo profundamente contradictorio en convertir la fe en espectáculo, la devoción en negocio y la espiritualidad en una herramienta para acumular influencia.
El credo, en cambio, no necesita imponerse. No necesita venderse. No necesita un enemigo para existir.
Quizá por eso el verdadero desafío de la religión no sea defender el dogma, sino recuperar el credo. Recuperar esa dimensión humana de la fe que precede a las instituciones, a los discursos y a quienes pretenden hablar en nombre de Dios. Una fe que no necesita convertirse en cruzada para tener sentido.
Porque cuando la religión se convierte en instrumento de poder, deja de liberar al hombre y comienza a gobernarlo.
Y quizá la paradoja sea que destruir el dogma no implica destruir la fe. Al contrario: puede ser la única manera de devolverle a la fe aquello que el poder, la política y el mercado le han arrebatado.
El credo no necesita conquistar a nadie.El dogma sí.
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