Una solidaridad recortada

Desde los cuatro puntos cardinales del país y desde casi todos los rincones del planeta se ha exaltado la “solidaridad” del pueblo colombiano con nuestros compatriotas víctimas del terremoto que nos azotó el 10 de agosto. Sea la ocasión para una breve reflexión sobre la solidaridad, uno de los sentimientos más elevados que existe.   

Y no es para menos: la compasión –definida por la RAE como “Sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien”– ha sido ejemplar y conmovedora después del terremoto. Pero ha sido eso: compasión a lo sumo, cuando no simple caridad, que es la “Actitud solidaria con el sufrimiento ajeno”, según la propia RAE. La solidaridad tiene otras dimensiones más sublimes, que trascienden los momentos de desgracia.    

En una columna titulada Creer en la humanidad, publicada hace una semana en este medio, mi colega Mario Duque abogaba al final porque la solidaridad se haga costumbre, aunque acudía a dos citas para poner de manifiesto la dificultad de ejercitarla.

La primera era del escritor uruguayo Eduardo Galeano:  «No creo en la caridad. Creo en la solidaridad. La caridad es muy vertical. Va de arriba hacia abajo. La solidaridad es horizontal. Respeta al otro». La otra era atribuida al teólogo y filósofo francés Robert de Lamennais: “la felicidad no solidariza a los hombres entre sí; más bien el sufrimiento despierta el amor y crea los lazos más fuertes”.

Difiero en este caso de Galeano, Lamennais y de mi colega comunicador y columnista Mario. La auténtica solidaridad no debe ser solamente horizontal. Es en todos los sentidos, incluyendo la de abajo hacia arriba. La definición de solidaridad que trae la RAE no considera dirección ni condición particular: “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. No habla de males ni de sufrimiento de los demás; no especifica si están arriba, abajo, al lado, en peores o en mejores circunstancias que nosotros.


La de arriba hacia abajo –que es la que aparece en los malos momentos, como en el terremoto– sigue siendo caridad, lástima o, si acaso, compasión. La que es solo ascendente –con los que están o creemos que están más arriba– también es necesaria, mientras no sea una manifestación de arribismo. La prueba de fuego de la solidaridad es, ante todo, con nuestros pares, en los buenos momentos, cuando nos superan; en el “éxito”, la alegría y la felicidad. Es con aquellos que representan un riesgo para nuestra identidad y reconocimiento.  

Galeano y Lamennais –y Mario con ellos– tienen claro que no es fácil, pero, si no se logra, es una “solidaridad” recortada, indigna de tan excelso sustantivo. El que no se solidariza con la felicidad de sus congéneres y amigos –siempre que no sea a costa de la desgracia de los demás– es, básicamente, un envidioso.

La virtud humana aparece allí cuando logramos elevarnos por encima de nuestros instintos más básicos. La solidaridad alcanza su plenitud y esplendor cuando reconocemos y celebramos un brillo superior en nuestros semejantes.   

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/

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