Honrar los monumentos

Un esfuerzo: varios desconocidos jalando juntos de una cuerda para mover los escombros de una edificación destruida. Una fila: decenas de personas pasándose suministros y ayudas en silencio -y en cadena- para no entorpecer las labores de búsqueda de los desaparecidos. Un suspiro: gritos y vítores de conmoción por el rescate de una bebé horas después de haber sido sepultada por los desechos de un edificio.

Horas y horas de labor voluntaria invertidas en el acompañamiento médico, psicosocial, y logística para el rescate y aseguramiento de las víctimas…

Un testamento de hierro, cuarzo, resina y pizarra de hace más de 30 años, que se materializa en una fuerza y voluntad colectiva ineludible.

En 1995, Héctor Lombana Piñeres interpretó la solidaridad como una muestra de civismo y compañerismo caleño, propio y representativo de la idea que tenía sobre la fortaleza y la unión de los capitalinos vallunos. Claro está, que se dieron casos desafortunados de deshonestidad y aprovechamiento de las circunstancias en el desenlace de la crisis del terremoto. Pero la visión de Lombana, erigida en el marco de la asamblea anual de la asociación iberoamericana de Cámaras de comercio, quienes habilitaron la dotación de esta escultura a la ciudad de cali; persiste como un ejemplar para la mayoría de las buenas personas que se han jugado sus esfuerzos por los más vulnerados.

La estructura consiste de varias figuras, que jalan de una piedra amarrada a una extensa cuerda, cuyo significado representa el hilo conductor de la solidaridad. Nadie se rezaga, porque todos los participantes están amarrados a dicho hilo.

Nadie se abandona, porque todos van juntos.

Mucho se ha hablado de la acción colectiva, y casos puntuales de su ejemplificación a lo largo de la historia. Mucho se ha estipulado de lo difícil que es lograrla y que se requieren unas condiciones muy específicas para que sea posible. Esta calamidad trasciende las diferencias políticas, ideológicas y religiosas; llevando a relucir los atributos más humanos de Colombia y su gente. Para estos momentos de tanta penuria y necesidad, la acción colectiva si es posible.

Y hay aprendizajes que nos deja, empezando por el hecho de que la respuesta coordinada por parte de la sociedad civil se apoya en una colaboración a escala nacional, haciendo posible la entrega de suministros y ayudas desde el norte caribeño hacia los extremos occidentales del Chocó. Desde el nororiente santandereano hacia el suroccidente cafetero. Y muchos más casos más…

Hoy, la solidaridad es una esperanza que despierta; una chispa que se esparce entre corazones; una fuerza que nos levanta; la empatía que nos fortalece; y la virtud que nos cura las heridas.

La solidaridad es una honra a nuestros monumentos.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-sarria/

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