Humanos, a pesar de todo

Don Arley Arango es un adulto mayor de Medellín que se dedica a vender helados. Vive del diario, como tantos colombianos. El peso de los años ya le pasa factura: camina con muletas, pero eso no le impide salir todos los días a guerrearse el pan. Porque así funciona la vida cuando se vive al día: si no sale, no vende; si no vende, no come.

Aun así, don Arley decidió donar un mercado de más de $170.000 para los damnificados por el terremoto. Su cuenta de Nequi quedó con mil pesos. No entregó lo que le sobraba. No apartó una pequeña parte de sus ingresos. Don Arley dio todo lo que tenía, con la esperanza de que aquello que para él significaba tanto pudiera convertirse en alivio para alguien que lo había perdido todo. Y eso solo puede describirse con una palabra: empatía.

En Cali, después del sismo, un pequeño emprendedor ve cómo su panadería queda destruida. Los escombros sepultan vitrinas, grecas y neveras. En un instante, aquello por lo que había trabajado durante años queda reducido a polvo. Podría quedarse allí, contemplando lo que perdió. Pero no lo hace.

Sale a la calle con una bandeja plateada entre las manos y comienza a repartir unas galletas que sobrevivieron al desastre. A pesar de haberlo perdido todo encuentra todavía algo para dar. En medio de sus propias ruinas decide ocuparse también de las necesidades de los demás.

En EAFIT, apenas unas horas después del terremoto, sin conocerse todavía la magnitud de lo sucedido, un grupo de estudiantes decide iniciar, por iniciativa propia, una recolecta de donaciones. Lo que comenzó en una pequeña oficina terminó ocupando una cancha polideportiva completa. Al finalizar la jornada, 122 toneladas de donaciones fueron entregadas a las zonas más afectadas.

En las carreteras hacia las zonas afectadas se contemplan largas filas de carros y camiones que avanzan con carteles que anuncian ayuda humanitaria y banderas de Colombia ondeando sobre los vehículos. Hay carros grandes y pequeños, todos cargados hasta el último espacio. En los baúles, en los asientos y hasta sobre los techos llevan aquello que alguien, en algún lugar, necesita.

Todo esto no es más que una muestra de lo que podemos llegar a ser. Las tragedias nos recuerdan nuestra fragilidad y finitud, pero, al mismo tiempo, son capaces de sacar lo mejor de nosotros: la fortaleza que nace del acompañamiento y la bondad sin límites que aparece cuando somos capaces de reconocer un propósito común. 

Y quizá allí prevalece alguna esperanza en medio de tanta incertidumbre: en quienes, aun teniendo poco, deciden compartir; en quienes, después de perderlo todo, encuentran algo para ofrecer; en quienes, sin conocer al otro, recorren kilómetros para llevar una mano amiga.

Somos humanos, a pesar de todo. Capaces de sentir el dolor ajeno como propio, de tender la mano cuando alguien cae y de recordar, incluso en medio de la tragedia, que nadie debería enfrentarla solo.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-miguel-giraldo/

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