Vale la pena preguntarse si hoy todavía tenemos la opción de ayudar en silencio. Y, así sea muy incómodo hablar de esto, la inquietud surge porque un acto genuino, nacido del fuero interno, tiene una bondad distinta a la de un acto forzado o hecho para alimentar las exigencias de los otros. Este último termina siendo, más bien, una acción que nace de la presión que la sociedad ejerce más que de los valores o de la moral individual. Independientemente de lo que origina el acto, en un momento de grave crisis el resultado es lo que importa, y Colombia ha mostrado una solidaridad inmensa, de la cual debemos sentir orgullo.
Sin embargo, en medio de esa curiosidad por entender el comportamiento humano y ante la realidad digital que hoy nos gobierna, no he podido dejar de pensar en esto: las redes sociales funcionan como una suerte de vitrina de lo que somos y, en medio de un terremoto que arrebató vidas, destruyó casas y conmocionó a toda una nación, pueden convertirse en un mecanismo de prueba del cumplimiento del rol social exigido. En caso de silencio, pareciera que ese rol no existe, incluso cuando sí existe. Algo así como estímulos propios de la interacción digital que terminan por moldear nuestro comportamiento: en este caso, hacia la solidaridad; en otros, quizás, hacia la indignación, el castigo o la necesidad de probar que se está del lado correcto.
Esta presión recae en mayor medida sobre quienes tienen una imagen digital pública. Ante el silencio, ante el no mostrar, ante el no publicitar sus actos, caen las piedras de juzgamiento: “no ha hecho nada por el país”, “no dice nada frente a lo acontecido”. Es decir, se exige una suerte de rendición de cuentas, en donde ya no vale la ayuda individual, callada y desinteresada, propia de la famosa frase bíblica: “que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha”, sino más bien opera algo como: “si no publicas lo que haces, no sirve”.
Y puede que esto esté bien. Al final, repito, lo que importa en estos momentos es que la ayuda llegue y que las personas que hoy atraviesan esta difícil situación sientan el respaldo de todo un país.
Pero Colombia es un país con índices de pobreza elevados. Según el DANE, en 2025 la pobreza monetaria fue del 28,0% y la pobreza extrema del 9,6%. Además, el 21,1% de los hogares enfrentó inseguridad alimentaria moderada o grave. En Colombia hay pobreza, hay precariedad y hay desigualdades profundas. Y, en ese juego de pensamientos, uno podría preguntarse:¿qué pasaría si en Colombia existiera una cruzada para sacar a la gente de la pobreza? Algo como una campaña en redes para hacer que ningún colombiano se acueste sin alimento. Un juego en el algoritmo, no solo en el país sino en el mundo, que estimule la repartición, la distribución y la eliminación de las desigualdades.
Es muy bonito ver a tanta gente que ayuda. Ver los videos y las reacciones de todos en las redes sociales llena de esperanza. Pero también, desde una mirada reflexiva, surge la inquietud por saber cuál es el móvil, qué tanto influyen hoy en día las redes y los algoritmos en nuestros actos. Y una pregunta aún más nutritiva: ¿qué tal si esos mismos canales nos ayudan a construir una solidaridad que no sea excepcional, sino la regla general? Una solidaridad que no aparezca solo en las crisis o, más bien, que nos haga ver la pobreza y la desigualdad como una crisis que entre todos, como país, como nación, debemos superar.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/