Gracias, chamo

No tienes por qué socorrer al país que ha dado a luz a tantas de tus desdichas. Ridiculizaciones absurdas, culpas mal puestas. Al país que trató a tus gentes como una enfermedad digna de cerrar fronteras. Que tildó a tu éxodo, el más grave de la historia reciente de América Latina, como una incomodidad personal. Y menos teniendo tan poco, tan poco para ti y para los tuyos.

No tendrías por qué correr al rescate del país que se reía y apuntaba con el índice a los tuyos cuando llegaron a sus calles, cargando carteles en los semáforos diciendo “Soy neurocirujano. Lo perdí todo. Busco trabajo” o “Soy venezolano, tengo 5 hijos. Hago lo que sea.” A aquel que dijo que tu crisis había sido autoimpuesta, que si tan sólo hubieras visto lo que se avecinaba. Por miope, te dijeron, cuando soltaste la mano de tus niños y les echaste la bendición para que buscaran un mejor futuro al otro lado de la frontera.

A aquellos que sí llegaron y sí se quedaron, ¿por qué organizaron más de 95 toneladas de suministros a las áreas más afectadas después del 10 de agosto? ¿Por qué quisieron extender la mano, habiendo recibido tan poco, tan poco a cambio durante los últimos 13 años?

Y a los que no, ¿por qué nos enviaron a sus bomberos y rescatistas de La Guaira cuando ni siquiera sus ruinas han sido del todo atendidas? ¿Por qué nos dicen hermanos cuando aquí lo hemos dicho de vuelta solo cuando favorece, cuando el comercio es rentable, cuando de la Gran Colombia se trata? ¿Por qué todo lo que están haciendo por nosotros cuando hace seis semanas gente de mi patria hacía chistes sobre su dolor?

Creo que es porque sabes que ese país que describo no lo es. O, por lo menos, no en su mayoría. Creo que sabes que aquellos que hoy ya no están a este lado de la frontera, aquellos que hace una semana vivían su vida normal y ahora el mundo se les vino encima, sí son hermanos. Al final del día, creo que sí sabes que somos hermanos, tú y yo.

Creo que los de aquí también lo saben. Porque desde hace seis semanas te pensaron como lo que eres, chamo. Un hermano. Chama, como una hermana. Y desde entonces no hemos dejado de hacerlo. Cuando el techo de tu casa se vino abajo, cuando te temblaron las piernas, cuando no sabías qué hacer, los de acá también llegaron. Los de acá siempre, siempre han estado contigo.

Te prometo desde el fondo de mi alma no olvidar ni a los tuyos ni a los míos, porque son los nuestros. Te prometo no dejar que otros lo hagan. Recordarles a mis hijos y a sus hijos que cuando las palabras no alcanzaron, tu sí a nosotros con tus héroes, con tu disposición, con tu preocupación, con tus abrazos, con tu gente. Te prometo nunca más darte la espalda, nunca más parar de hablar de ti y de tu tricolor tan parecida a la mía.

En nombre de Colombia te doy las gracias, chamo. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/

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