Hace unos días, Colombia amaneció con el terremoto más fuerte que se ha sentido en el último siglo. Un sismo de magnitud 7,4 sacudió a Colombia desde sus raíces. Lastimosamente, y como no es sorpresa para nadie, las comunidades históricamente más excluidas terminaron siendo las más afectadas.
Ahora, sobre si la respuesta a la catástrofe por parte del Gobierno nacional pudo haber sido más ágil o no, creo que el tiempo lo juzgará. Creo, sin embargo, a título personal, que sí pudo ser un poco más ágil y que esta situación nos invita a repensar cómo gobernar de manera descentralizada sin que ello mitigue la capacidad de reacción del Gobierno nacional ante las crisis.
Sin embargo, creo que estas situaciones nos ponen frente a un fenómeno que a mí se me hace particularmente doloroso: la politización indiscriminada de la tragedia. Creo que, llegado el momento, en un par de meses, cuando la crisis pase y se inicie la reconstrucción, será momento de evaluar la gestión del Gobierno, calificarla y aplaudirla o señalarla, según sea el caso.
No obstante, usar la tragedia ajena para hacer política me parece una de las formas más ruines y mezquinas de ejercer esa profesión que yo considero tan noble. Y, para señalar esto, voy a valerme de una frase de San Ignacio de Loyola: «tiempos, lugares y personas». Hay que saber leer los momentos y, sobre todo, evitar sacar rédito del dolor ajeno.
Todo esto surge alrededor de la ayuda internacional ofrecida al país en forma de equipos de rescate que, según señalan algunos activistas de izquierda, el Gobierno de ADLE rechazó por motivos ideológicos. Desconozco las razones técnicas por las cuales esta ayuda no se aceptó, pero sé, sin embargo, que Colombia tiene uno de los mejores sistemas de atención para este tipo de crisis, contando actualmente con 23 unidades acreditadas y reacreditadas internacionalmente y cerca de 1.000 activos, que estuvieron incluso apoyando una catástrofe similar en La Guaira, Venezuela.
No obstante, si los motivos para rechazar este personal fueron ideológicos y carecen de sustento técnico, me parecería ruin. Si fue así, en su momento lo señalaré. Pero hoy la invitación es a no politizar el dolor ajeno y, en la medida de nuestras posibilidades, ayudar; como Simón de Cirene, a cargar la cruz que la naturaleza puso hoy sobre los hombros de muchos hermanos colombianos.
Ya habrá tiempo para hacer política, para exigir explicaciones, establecer responsabilidades y juzgar las decisiones que se tomaron durante estos días. Y cuando ese momento llegue, habrá que hacerlo sin contemplaciones, porque la tragedia tampoco puede convertirse en excusa para evadir responsabilidades. Pero hoy la prioridad debe ser otra.
Hoy es momento de acompañar a quienes perdieron familiares, hogares y, en muchos casos, todo aquello que construyeron durante una vida. De ayudar a levantar los escombros y reconstruir lo perdido. Después vendrán las discusiones políticas.
Porque quizá de eso se trate también aquella máxima de San Ignacio: de entender que existen tiempos, lugares y personas. Este es el tiempo de las víctimas, no el nuestro. Y ante una tragedia de estas dimensiones, antes que políticos, opositores o simpatizantes de un Gobierno, deberíamos ser simplemente colombianos dispuestos, como Simón de Cirene, a ayudar a cargar la cruz de quienes hoy no pueden cargarla solos.
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