¿Qué más quiere Dios del Chocó?

Antier la tierra tembló para casi todo el país. Pero para el Chocó tembló distinto.

No fue solo que el epicentro del sismo de magnitud 7,4 quedara en San José del Palmar, en nuestro propio departamento. Fue que, una vez más, cuando la tragedia llega, es el Chocó el que menos tiene con qué resistirla. Y no puedo dejar de preguntarme qué es lo que este territorio tiene que seguir pagando, porque aquí nunca es una sola dificultad la que nos toca vivir: son todas, al mismo tiempo, como si la desgracia se turnara para no dejarnos respirar nunca.

Escribo esto con el reporte más reciente de la Gobernación del Chocó frente a mí, y cada cifra me pesa en el pecho como una piedra. 10.124 familias damnificadas. 43.178 personas que hoy no tienen certeza de nada: ni de dónde dormir, ni de qué comer, ni de si mañana va a ser distinto. 14 personas fallecidas y 4 más desaparecidas, que es una forma más cruel de la misma pérdida, porque a un desaparecido no se le puede ni siquiera llorar del todo. 139 heridos. 468 viviendas destruidas y 3.199 más averiadas, que quiere decir que detrás de cada número hay una familia que hoy mira las grietas de su casa preguntándose si eso que fue su hogar por veinte, treinta, cuarenta años, todavía es habitable, o si también se les fue con el temblor. 29 municipios afectados. Y yo pienso en cada uno de esos municipios, en su gente, en sus calles de tierra que ya eran difíciles de transitar antes de que la tierra se moviera, y el dolor se me multiplica.

Detrás de esas cifras hay algo que ningún reporte institucional puede medir: el miedo. El miedo de dormir a la intemperie sabiendo que puede haber una réplica. El miedo de los niños que no entienden por qué el suelo dejó de ser seguro. El miedo de no saber, todavía, si ese familiar que no contesta el teléfono está bien.

Y ni siquiera tenemos con qué responder. 7 centros de salud quedaron afectados por el sismo, en un departamento donde la salud ya era, desde antes de ayer, una promesa incumplida. El Hospital San Francisco de Asís lleva tiempo intervenido por el gobierno nacional, y esa intervención, en lugar de traer esperanza, ha traído más muerte y más desesperanza. Hoy, con la infraestructura hospitalaria ya golpeada, no hay insumos suficientes, no hay personal asistencial suficiente, no hay con qué atender una tragedia de esta magnitud. 38 instituciones educativas resultaron afectadas: eso significa pupitres vacíos, techos caídos, y generaciones enteras de niños chocoanos a quienes, otra vez, la vida les va a exigir aprender en medio de la adversidad.

6 acueductos afectados. 1 puente vehicular caído. 5 vías con daños. En un departamento que ya vivía sin garantía de agua potable, sin vías dignas, sin un servicio de energía que funcionara, estas cifras no son solo daños de un terremoto: son la fotografía exacta de todo lo que el Estado colombiano nunca terminó de construir aquí, y que hoy, con el primer temblor fuerte, se les vino encima a los que menos tenían.

Hace apenas unas semanas, los chocoanos protestábamos frente a las instalaciones de DISPAC por un servicio de energía indigno: facturas impagables, cortes intempestivos que se llevaban por delante hasta los enseres de las casas. Hoy, ese mismo pueblo que exigía un derecho tan básico como la luz, tiene que enterrar a sus muertos, buscar a sus desaparecidos y dormir a la intemperie. Y eso, para mí, no es casualidad. Es el mismo patrón de siempre: al Chocó solo lo miran cuando ya es demasiado tarde, cuando el dolor ya no se puede esconder detrás de un comunicado.

Porque cuando no es un accidente el que nos deja decenas de muertos en una vía. Es un bombardeo. Es una estación de policía atacada. Es un secuestro. Es el reclutamiento de niños. Es la guerra que no ha parado en Quibdó y que ya nos ha arrebatado tantas vidas antes de que la tierra temblara siquiera. 

Al Chocó solo lo vemos cuando hay una tragedia que ya no se puede esconder, y aun así, dura poco: en un par de semanas, cuando las cámaras se vayan, seguiremos aquí, solos, como siempre.

Lo más decepcionante ha sido ver cómo los medios de comunicación, con su racismo estructural, han querido minimizar lo que está pasando en el Chocó, como si nuestro dolor pesara menos que el de otros departamentos, como si nuestros muertos, nuestros desaparecidos, nuestras 468 viviendas destruidas, no merecieran el mismo titular. Porque a nadie le importa el Chocó. Porque nadie piensa en su gente hasta que ya no queda más remedio.

Y nosotros, los chocoanos, crecimos en una tierra donde toca luchar hasta para lo más básico. Quizás por eso no nos rendimos. Pero hoy, viendo estas cifras, viendo a mi gente sin techo, yo me sigo preguntando, con una rabia que no me cabe: ¿por qué tenemos que vivir luchando? ¿Por qué no podemos tener vías dignas, un acueducto que funcione, un servicio de energía que no se caiga cada dos días, un derecho a la salud que no dependa de un milagro? ¿Por qué siempre tiene que ser una tragedia la que obligue al país a mirarnos, y aun así, nos mira tan poco?

Hoy solo quiero usar este espacio para visibilizar a mi territorio. Me duele profundamente saber que amigos míos no tienen dónde dormir esta noche porque sus casas se cayeron. Me duele pensar en los cuatro desaparecidos, en las familias que ahora mismo están esperando una llamada que no llega. Me duele saber que, mientras escribo esto, hay niños durmiendo a la intemperie en un departamento donde ya era difícil dormir tranquilo antes del sismo.
Por eso los invito a donar por los canales oficiales de la Gobernación del Chocó. Nos necesitan. Nos necesitamos.

No vamos a salir solos de esta crisis. Ojalá el Gobierno Nacional actúe con la urgencia que estas cifras exigen, en lugar de seguir con discursos populistas y promesas incumplibles que solo juegan con la esperanza de un pueblo que, desde que existe, lo único que ha pedido es vivir con dignidad.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/ximena-echavarria/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar