Es que ella no me entendió

Llevo semanas viendo caer nombres. Hombres que llevaban veinte años o más frente a una cámara y que, según algunos testimonios, llevan ese mismo tiempo haciendo algo distinto detrás de las mismas.

Esta no es una columna sobre mi opinión frente a sus casos; no me corresponde dictaminar si sí hicieron de lo que se les acusa o no. No me parecería prudente decidir inocencia o culpabilidad en un supuesto caso de abuso sexual, y menos en una columna de opinión. Gracias a Dios, pienso, existen los jueces y la justicia. Aunque no crea del todo en Dios.

#YoTeCreoColega ya reunió más de 300 testimonios de mujeres, tanto periodistas como practicantes y gente como usted y como yo, del común. Pero no voy a hacer catálogo del morbo, porque eso ya lo hicieron suficientes portales esta semana. Vengo, en vez, porque hay una frase que se repite en cada uno de estos relatos y en las conversaciones al respecto. Casi calcada, como si hubieran rotado un manual: yo no sabía que la estaba incomodando.

La pregunta que me hacen los hombres, entre amigos, colegas y hasta uno que otro desconocido en redes, es siempre alguna variación de: ¿Cómo saber cuándo a una vieja que le estoy cayendo no le intereso? ¿Cómo saber cuándo estoy acosando a una mujer?

Formulada casi como si fuera un acertijo irresoluble, un jeroglífico que solo un antropólogo especializado en comportamiento femenino podría descifrar. Yo tengo una respuesta, y me imagino que tampoco les va a gustar: ya lo saben. Lo han sabido siempre, tanto ustedes, como yo.

Catharine MacKinnon, la abogada que en los setentas le dio el nombre legal al acoso sexual, escribió que el acoso no es un malentendido sobre el deseo, sino un ejercicio de poder que usa el deseo como vehículo. Pero entonces, no hay que ser MacKinnon ni feminista para notar la diferencia entre una mujer que se ríe porque le gustas y una que se ríe porque acaba de calcular, en fracciones de segundo, cuál es la respuesta que te va a hacer parar más rápido sin ponerla en riesgo a ella.

Esa mujer no está confundida. Está gestionando. Y todas, en algún momento, hemos hecho esa cuenta.

bell hooks lo explicaba también: a los hombres se les entrena desde niños para desconectarse de la vida emocional de los demás porque conectarse los expone a la vulnerabilidad, los “afemina”. Entonces lo que pasa es que leer esa cuenta requiere de algo que a muchos hombres nunca les enseñaron, aunque cada vez menos: prestar atención a otra persona sin que el objetivo sea conseguir algo de ella. ¿O hace cuanto no esperábamos que nuestros hombres y nuestros niños fueran el Don Juan?

No es que no puedan leer una incomodidad. Es que fueron educados para que leerla no les importara. Para que la lectura solo activara la alarma cuando viniera acompañada de un no verbal, gritándolo, indiscutible. Todo lo demás – el silencio incómodo, el cuerpo que se cierra, la risa que ya no llega a los ojos, el “ay, es que tengo que irme” – se procesa como ruido de fondo, no como información.

Quiero ser clara. Nada de esto es para exonerar de la culpa a aquellos hombres que sí acosan. Es para entender que nuestra hipermetropía exagerada como sociedad frente a este tema se explica, principalmente, en la raíz.

Esto se agrava cuando hay una jerarquía de por medio. Usualmente, un acosador no hace lo que hace con alguien que esté en su mismo rango. De edad, profesional, o de experiencia. Aquí sucede que el acto de agresión no busca principalmente el placer, busca confirmar una posición en una jerarquía frente a otros.

El jefe que insiste después del “no, gracias” no está confundido sobre el deseo de su subalterna. Tampoco lo está el profesor que arrincona a su estudiante, o la pone a perder la materia después de que ella le negó un beso en el patio, a escondidas. Ni el productor con la aspirante a quien le puede abrir o cerrar una puerta; el patrón con la empleada doméstica que vive, literalmente, bajo su techo; o el hombre alto y fuerte con la mujer que ya hizo el cálculo de que no puede ganar un forcejeo. Todos estos casos, cabe resaltar, suceden todos los días. Todos los años. Desde siempre.

Él está probando que su posición le permite insistir. Muchas veces, se lo está comprobando a sí mismo. Ahí no hay ambigüedad que descifrar, sino una estructura de poder funcionando exactamente como está diseñado para funcionar.

Existe una palabra, gracias al feminismo, que describe lo que viene después: himpathy. La compasión reflexiva que la sociedad reserva para el agresor. Pobre fulano, tantos años de carrera, ¿así lo van a tratar por un malentendido? Pobre patrón, después de tantos años pagándole las prestaciones a su trabajadora doméstica, ¿y va a salir con esta? Esto es funcional, dándole a cada hombre que todavía no ha sido señalado el beneficio de la duda que él mismo, normalmente, se niega a darle a las mujeres con las que “coquetea”.

“Yo no soy así” es más fácil de sostener cuando la sociedad entera ya decidió que ellos no pueden ser así. Entonces no es difícil identificar el acoso, sobre todo el que se apoya en algún tipo de poder. Lo que sí es difícil, para quien lo ejerce, es asumir el costo de haberlo identificado y haber seguido delante de todas formas.

Es mucho más cómodo llegar tarde a la epifanía: enterarse de que estaba mal justo cuando lo denuncian, no cuando lo estaba haciendo. La ignorancia, aquí, no es un estado natural. Es una decisión que se renueva cada vez que alguien elige no hacerse la pregunta en el momento en que la respuesta todavía importa.

La próxima vez que un amigo, colega, compañero o familiar me pregunte, con esa cara de genuina perplejidad, cómo se supone que iba a saberlo, no le voy a explicar otra vez las señales. Le voy a preguntar qué es lo que se gana con seguir sin poder leerlas.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/

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