Estimado Libertador,
Le escribo desde el año 2026 con una noticia que difícilmente habría encontrado lugar entre las tragedias de su correspondencia. Este 7 de agosto se posesiona de presidente de Colombia un abogado que habla de milagros, predica desde pequeños artefactos luminosos capaces de llegar a millones de personas al mismo tiempo, cree que la República puede administrarse como una hacienda y despierta un fervor que habría incomodado hasta al más devoto de los arzobispos. Se llama Abelardo de la Espriella y ha prometido mantenerse firme por la patria.
No se alarme. Esta carta no pretende convencerlo de regresar. Bastante hizo usted con sobrevivir a generales, conspiraciones, guerras civiles, aduladores y a usted mismo. No tendría sentido exponerlo ahora a un escenario infinitamente más hostil: el de la política convertida en espectáculo.
Le escribo porque su nombre volverá a pronunciarse varias veces durante el día. No porque alguien quiera entenderlo mejor, sino porque en Colombia nadie gobierna sin apropiarse primero de algún pedazo de usted.
Han pasado casi dos siglos desde su muerte y seguimos sin decidir quién fue realmente Simón Bolívar. Unos lo convirtieron en santo republicano; otros, en precursor del autoritarismo. Karl Marx escribió una de las biografías más controversiales sobre usted: un militar mediocre, un aristócrata ambicioso, un caudillo inflado por la historia. El escritor William Ospina, en cambio, dedicó un libro entero a buscar al hombre que quedó sepultado bajo el mármol de las estatuas y el ruido de las consignas.
Lo curioso es que ambos, desde lugares opuestos, coinciden en algo: el Bolívar que invocamos hoy rara vez es el Bolívar que existió. Aquí cada quien fabrica el suyo y le queda a la medida. Incluso lo recordamos en los malos chistes escolares:
—A ver, Juanito, ¿dónde murió Simón Bolívar?
—En la última página, profe.
Hay un Bolívar liberal y otro conservador. Uno revolucionario y otro reaccionario. Existe incluso un Bolívar que aparece únicamente en época electoral y desaparece al día siguiente de la posesión presidencial. Hoy conoceremos uno nuevo, más histriónico y mediático.
El presidente entrante promete salvar la patria y no sería justo pedirle que entienda exactamente de qué, porque los colombianos tampoco lo sabemos. Durante doscientos años han cambiado los enemigos, los discursos y las banderas, pero siempre aparece alguien dispuesto a anunciar una segunda independencia, una refundación o un milagro nacional.
En este gobierno la palabra milagro tendrá un lugar privilegiado. También Dios. En eso el país conserva ciertas costumbres coloniales: seguimos creyendo que el cielo tiene una oficina de asuntos colombianos dispuesta a tramitar nuestras solicitudes con mayor eficiencia que el Estado.
Empiezo a pensar que, llegados a este punto de la misiva, no todo le resulta desconocido. La política continúa siendo un duelo de egos, las instituciones siguen despertando más desconfianza que entusiasmo y el caudillo sigue ocupando un lugar que debería pertenecer a los ciudadanos.
La diferencia es que ahora los discursos también compiten por reproducciones, las consignas por tendencias y los gobernantes por convertirse en contenido. Tal vez eso sí lo sorprendería. Aunque, superado el medio tecnológico, sospecho que no tanto.
Libertador, si algo demuestra su propia historia es que Colombia nunca necesitó conocer a Bolívar para discutir sobre Bolívar. Bastó convertirlo en símbolo. Y los símbolos tienen una ventaja inmensa sobre los hombres: nunca contradicen a quien los utiliza.
Mañana comenzarán las discusiones. Unos verán en Abelardo de la Espriella al hombre que refundará la República; otros, al que terminará de extraviarla. Ninguno hablará realmente de usted, aunque volverán a pronunciar su nombre. Después de dos siglos, su mayor condena no ha sido la muerte, sino convertirse en argumento.
Las plazas siguen llenas de sus estatuas. Algunas lo muestran victorioso; otras, solemne; en Pereira incluso decidieron dejarlo desnudo sobre un caballo. Pero todas comparten el mismo destino: ninguna logra escapar de las cagadas de las palomas. Quizá esa sea la metáfora más honesta de nuestra historia. Pasamos dos siglos levantando monumentos para terminar utilizándolos como pedestal de nuestras propias cagadas.
Si está leyendo esta carta, le suplico que descanse. Aunque sé que todavía no hemos cumplido su última voluntad:
«¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la Patria. ¡Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro!»
Con respeto,
Un ciudadano colombiano del siglo XXI.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/