La noche que llega

Se acabó el gobierno de Gustavo Petro. No hubo cambio alguno en la Constitución que le permitiera quedarse en el poder como varios de sus opositores auguraron y desearon, incluso, para poder tener razón y gritar «¡se los dije!».

Se fue, eso sí, por la puerta chica, enredado en casos de corrupción y en la insistencia casi infantil en que hubo fraude en las elecciones. La autocrítica nunca fue una característica de su mandato.

Dejó la Casa de Nariño creyendo que el suyo fue un gran gobierno, cuando a duras penas fue uno más. Ni el mejor, como él y sus aduladores defienden; ni el peor de todos, como señalan sus contradictores. Fue, sobre todo, un gobierno desilusionante al que le faltaron capacidades ejecutorias y claridad para lograr el cambio prometido… y esperado. 

Claro que hubo avances que sirven para pensar y ver una Colombia distinta, más diversa, por ejemplo. Se redujo la pobreza, y eso siempre será importante. Se discutieron asuntos que en otros mandatos siempre fueron paisaje, como la dignidad nacional, aunque haya algunos que se pregunten, como aquel periodista de La estrategia del caracol interpretado por Carlos Vives (¡vaya premonición sobre lo que serían futuras declaraciones del artista!) «¿todo esto para qué?». 

Y empezó, entonces, el gobierno de Abelardo de la Espriella, nuestra caricatura de la ultraderecha, que no por ser un petimetre deja de ser peligroso.

Recordé una frase famosa en Colombia que popularizó el cura García Herreros y que me parece viene bien al caso: «Dios mío, en tus manos colocamos este día que ya pasó y la noche que llega», porque, pese al torpe gobierno de Gustavo Petro, visto lo visto en los nombramientos de De la Espriella, pasaremos de la luz del día al oscurantismo de los autodenominados defensores de la patria.

No son solo sus formas tan parecidas a las de los mafiosos de antaño, como su réplica de palacio gubernamental que está armando en Barranquilla, que se me antoja como aquel intento del narcotraficante José Santacruz de construir su propio club a imagen y semejanza de aquel que le negó la entrada. O que insista en cantar el himno nacional con su pose de cantante lírico. 

Lo verdaderamente oscurecedor es su fondo: la confusión de la Biblia con las leyes y el uso de la religión como bastión; el respaldo a las iniciativas antiderechos que han alentado a los más recalcitrantes enemigos de la libertad; el Estado visto como oponente para sus beneficios económicos, pero que supongo estará preparado para reprimir cuando aparezcan los reclamos y demandas; los nombramientos de personajes oscuros en su gabinete, que me imagino capaces de firmar sus comunicados oficiales con el lema «regeneración o muerte». 

Y, sin embargo, me sorprende que haya tantos aplaudidores de este nuevo gobierno que empieza, tan ciegos a los riesgos que parece implicar. En fin, como lo escribió Lucas Ospina en una columna publicada hace un par de meses: «Se elige a un fascista de verdad creyendo que es de mentira, por miedo a un comunismo de mentira que se cree que es de verdad». Pero así es la cosa, a todas las sociedades las asiste el derecho de participar en su autodestrucción.

Por ahora, supongo, tocará sumar todas las velas posibles para combatir las sombras que, sospecho, empezarán a extenderse por el territorio nacional. Ojalá que no se haga más larga la noche.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/

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