La fortaleza de la democracia no reside exclusivamente en sus leyes, las tradiciones y/o instituciones informales son igual o más importantes. Los rituales configuran entonces un lenguaje a través del cual una sociedad expresa quién manda, de dónde proviene dicha autoridad y cuáles son sus límites. Por eso importa tanto la posesión, el lugar y la forma donde se posesiona un presidente.
Lejos de ser un tema protocolario, la posesión de un presidente, en este caso la intención de hacerlo en una guarnición militar en frente de las Fuerzas Militares plantea la pregunta acerca del por qué esto es inconveniente para la democracia, y pone en riesgo la delicada estabilidad institucional que pone encima al poder civil.
Durkheim señalaba que los rituales producen a la comunidad, cada ceremonia que se realiza reafirma una visión de orden compartido y recuerda, de manera constante en democracia, los principios sobre los que descansa una sociedad. Así, las tradiciones públicas se convierten en herramientas mediante las cuales los Estados consolidan legitimidad. Es decir, gobiernan mediante y a través de símbolos.
Para el caso colombiano, nuestro país ha consolidado una tradición civilista de una larga duración, a diferencia de buena parte de América Latina, donde las Fuerzas Armadas ocuparon la vida política durante un tramo extendido del siglo XIX y XX. En Colombia, al contrario, el poder político ha pertenecido a las autoridades civiles, mientras que los militares han estado subordinados en este orden constitucional.
Lo anterior no es menor, si pensamos en un país profundamente dividido y que ha atravesado toda suerte de conflictos y guerras civiles, la tradición civilista ha sido uno de los pocos consensos que ha sobrevivido.
Es por esto que la posesión presidencial en una guarnición militar no es ni mucho menos una decisión que deba pasar desapercibida. Aunque jurídicamente no tenga un impacto directo en la subordinación constitucional de la fuerza pública, el peso simbólico reside en cómo el poder ejecutivo pasa a subordinarse. En el momento fundacional del periodo de Abelardo de la Espriella como presidente, este acto se convierte en una suerte de “inversión” del orden democrático, donde el carácter civil impera sobre todas las cosas.
En perspectiva comparada, hay que afirmar que las repúblicas modernas han apostado por lo contrario, desde las revoluciones atlánticas del siglo XVIII, la posesión y/o juramento presidencial dejó de hacerse ante un monarca o un ejército para realizarse frente a la Constitución, el Parlamento o el pueblo, de quien en últimas deriva el poder supremo a través de la voluntad popular. Este símbolo tiene peso en tanto quien asume el poder no recibe el mando de las armas, sino un mandato dado por los ciudadanos, y limitado por las leyes.
Lejos de ser una postura en contra de las fuerzas militares, es importante entender que las democracias se sostienen en función de las normas como de las tradiciones y rituales que le dan sentido. Estos rituales y símbolos crean hábitos, los cuales moldean la perspectiva en la que entendemos el poder.
En definitiva, cuidar los rituales democráticos, como la posesión presidencial, es importante en tanto estas tradiciones condensan décadas, o siglos, de fortalecimiento institucional. Las democracias deben sostenerse a través del respeto irrestricto y la sumisión total al poder civil, a la Constitución, más allá del lugar, importa ante quién se hace, pues demuestra de dónde deriva la legitimidad y poder.
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