Universos invisibles

A veces me pasa que abro los ojos al amanecer y visualizo el esfuerzo que se aproxima: me veo en ropa de deporte saliendo a correr o brincando frente al espejo y anticipo la respiración cortada. Dudo. Observo la sensación de completitud y paz en mi cama caliente frente a esa batalla voluntaria tan tenaz y absolutamente necesaria. Me digo que podría descansar. A veces gana esa quietud, el premio que me digo merecer. Muchas otras gana la fuerza, la anticipación de la satisfacción una vez el cuerpo ha entrado en calor por movimiento, deshaciéndose de los lastres mentales de la noche.

Me parece que la fuerza ha tomado ventaja desde que le permito flexibilidad: desde que veo ese esfuerzo madrugado solo como una posibilidad que elijo cuando me da la gana y abandono de la misma manera. Sin imposición. La alternativa permanente de negarme ante un desvío tentador.

Y es que en los desvíos hay encanto. Con frecuencia salgo a espantar a la preciosísima ardilla roja que se roba insaciablemente el plátano de los pájaros. Pero ayer salí, la vi bajar por el palo de limón asustada y detenerse en la piscinita de los pájaros a tomar agua. Cómo iba a ahuyentar a esa bolita sedienta que encontraba alivio en mi jardín. Así que ella, que de tonta no tiene un pelo, subió de nuevo a comer hasta arrasar. Pensé en el calor y el cansancio universales, en que ojalá las piscinas del mundo nos fueran permitidas.

Vivir entre un jardín es existir entre belleza: amanecer, dudar, reír, llorar, sentir hastío, desfallecer, recuperar la esperanza, todo entre una majestuosidad que no cuestionada nada, que continúa siempre, que abre caminos cada día. En mi jardín vive una pareja de barranqueros —esas aves descomunales que llamamos poéticamente soledades— que he aprendido a conocer de una manera conmovedora. Son tremendamente inteligentes y pacientes, contemplativas. Cuando miro a la más lenta de las dos, la que permanece horas en una rama observando, incluso cuando ha visto el plátano que sabe que puse para ella, hasta que decide bajar y comérselo despacio, pienso en la belleza de la calma de las soledades.

Escribió Manuel Jabois: “Hay algo profundo y bello en ver a alguien saliendo de casa para ir a por el pan. Con él, emerge un trabajo nocturno que le da un sentido poderoso a la civilización: la de un grupo de gente trabajando de madrugada para elaborar, entre olores felices, un alimento universal. Mientras haya alguien haciendo pan y alguien yendo a comprarlo, hay una sociedad funcionando, hay un mundo en marcha”.

Eso pienso cuando oigo a los pájaros cantar cada amanecer, justo antes de que suene el despertador, mientras yo visualizo el esfuerzo y dudo, y el canto de fondo me ayuda a decidir. Haga lo que haga, ahí siguen los pájaros cantando, las soledades contemplando desde las ramas, la ardilla deteniéndose a beber despacito. Es así vivir entre un jardín.

Escribió, por su parte, Juan José Millás: “La naturaleza está llena de trabajos invisibles. Creemos que el mundo descansa cuando nosotros cabeceamos, pero las hormigas siguen acarreando semillas, los árboles transportan savia bruta desde las raíces hasta las hojas, las nubes cambian de forma y de color, las arañas van a lo suyo con más eficacia que nosotros a lo nuestro. (…) Hay una humillación extraña en aceptar que el universo no está hecho para ser entendido, sino apenas vislumbrado».

Cuando me siento a escribir examino familias bajo escombros y de fondo un oasis alucinante que apenas alcanzo a vislumbrar, pero que ilumina mi existencia en el mismo espacio que produce la miseria humana y animal y vegetal. La vida es ese jardín en el que trabajan arañas y pájaros y hongos y raíces y agua y sol sin detenerse, a pesar de todo, así yo me levante o no. Y es decidir cada vez sobre qué de todo eso voy a escribir. Casi siempre gana la pregunta del estómago que cuestiona lo que ve, lo que no es asumible, a pesar de que casi nadie más lo note: ¿Cómo es posible esto? ¿Por qué bebe la abeja de la flor y cómo produce miel? ¿Cómo es que una gente tira bombas sobre otra? Porque, como recordó Juan Villoro, «para Baudelaire, ahí radica la esencia del talento: ‘Tenemos de genios lo que conservamos de niños’».

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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