Las tradwives y la política obediente

Mujeres eliminando sus tatuajes, con las uñas cortas y sin pintar, con el cabello natural y una apariencia clean girl. En redes parece una simple moda estética, una búsqueda de autenticidad o de «volver a lo esencial». Pero detrás de esa imagen cuidadosamente construida hay algo mucho más inquietante: mujeres usando las libertades que heredaron para convencer a otras de que la dependencia económica, el silencio político y el encierro doméstico son una forma superior de feminidad.

Porque las tradwives no están vendiendo solamente una forma de vestir o de vivir. Están vendiendo una visión política de la mujer, una donde la dependencia económica se convierte en virtud, la obediencia se disfraza de feminidad y el hogar vuelve a presentarse como el lugar natural al que deberíamos regresar.

Lo curioso es que quienes promueven este discurso rara vez viven bajo las reglas que defienden. Hablan desde plataformas digitales que les generan ingresos, construyen audiencias propias, dan conferencias, publican libros y participan activamente en el debate público. Utilizan todas las herramientas que otras mujeres conquistaron para ellas y después presentan esas mismas conquistas como un error histórico.

Las redes sociales han convertido esta narrativa en una tendencia global, lo que parece una colección de recetas, consejos matrimoniales, maternidad y estética es, en realidad, una reivindicación de los roles tradicionales de género. Como explica Sònia Herrera, profesora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), «los contenidos de las tradwives se enmarcan en un fenómeno global de mujeres que enaltecen los roles de género tradicionales, aquellos relacionados con las tareas de cuidados y el trabajo reproductivo y que reivindican el regreso de las mujeres a la esfera doméstica, mientras que se enaltece a los hombres como los proveedores económicos».

Aclaremos algo que suele tergiversarse. El feminismo nunca ha estado en contra de las amas de casa, de las labores del hogar o de la maternidad. Lo que ha defendido siempre es la posibilidad de elegir. Que una mujer pueda decidir quedarse en casa, pero también pueda decidir trabajar, estudiar, hacer política, no tener hijos o construir un proyecto de vida completamente distinto sin que ninguna de esas decisiones determine cuánto vale.

Porque el problema nunca ha sido hornear pan o cuidar hijos. El problema aparece cuando se romantiza la dependencia económica y se presenta como el camino correcto para todas. Ahí comienzan las violencias silenciosas: mujeres sin autonomía para abandonar relaciones abusivas, sin ingresos propios para reconstruir su vida o sin participación en las decisiones que afectan su propio futuro.

Los datos muestran justamente el camino contrario. En Colombia la tasa de natalidad ha caído de manera histórica. Hoy la tendencia es de aproximadamente 1,1 hijos por mujer, mientras que hace sesenta años era de 6,7 hijos por mujer. Eso significa que hoy muchas mujeres pueden decidir si quieren ser madres y cuándo hacerlo. También significa menos niñas obligadas a asumir maternidades tempranas, menos mujeres empobrecidas teniendo hijos por falta de oportunidades y menos maternidades impuestas por contextos de violencia.

Por eso resulta tan peligroso escuchar discursos que hablan de «salvar a Colombia» regresando a la mujer tradicional. Porque no todas hemos vivido las mismas condiciones ni todas partimos de los mismos privilegios.

Esta tampoco es una discusión nueva. En los años setenta, Phyllis Schlafly se convirtió en uno de los rostros más visibles del antifeminismo estadounidense. Fue una de las precursoras de esta ola de mujeres ultraconservadoras y afirmaba públicamente cosas como: «Lo que defiendo son los verdaderos derechos de las mujeres. Una mujer debe tener derecho a estar en el hogar como esposa y madre.»

Cinco décadas después el discurso sigue siendo prácticamente el mismo, solo cambió el algoritmo que lo distribuye. Hoy, en 2026, Erika Kirk promueve ideas como que exista un solo voto por hogar, ejercido por el esposo, mientras que las mujeres solteras quedarían representadas por su padre. Paradójicamente, ella misma construye una carrera pública, produce contenido, da conferencias y participa activamente en la conversación política mientras les dice a otras mujeres que su lugar ideal está lejos de esos espacios.

Puede parecer un fenómeno lejano porque ocurre principalmente en Estados Unidos, pero basta mirar alrededor para entender que América Latina también está atravesando el resurgimiento de una agenda ultraconservadora. En Colombia escuchamos de la próxima primera dama discursos sobre «proteger la familia», «devolver a Dios a las escuelas» y «sacar la ideología de género». No son frases aisladas; hacen parte de una visión política que busca reinstalar un único modelo válido de mujer.

Y esa visión desconoce una realidad imposible de ignorar: en Colombia el 53 % de los hogares son sostenidos por mujeres, muchas de ellas sin pareja. Hablar de volver al hogar como si todas tuvieran un proveedor económico no solo es una fantasía, sino un privilegio que millones de mujeres nunca han conocido.

No todas soñamos con el mismo destino. Hay mujeres que quieren ser madres y mujeres que no. Mujeres que encuentran plenitud en el hogar y otras que la encuentran en la ciencia, la política, el arte o cualquier otro proyecto de vida. Ninguna elección debería ser más digna que otra, es que la feminidad no necesita un manual.

Lo preocupante es que vuelvan a vendernos como libertad aquello que durante siglos fue una obligación porque cuando una renuncia a su autonomía creyendo que está eligiendo libremente, casi siempre hay alguien más beneficiándose de esa decisión. Esa es la parte del discurso que nunca aparece en los videos con pan recién horneado, vestidos impecables y cocinas perfectas.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/tania-torres/

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