Doña Pastora es una mujer con un semblante tranquilo, sereno y, a la vez, con una vitalidad contagiosa. Se declara una mujer loca, que quiere contagiar al mundo un poco de su locura. Estuve recientemente en una conversación con ella para entender su trabajo como lideresa por la paz y los derechos humanos, así como también para conocer su visión sobre la historia de ese territorio donde ha transcurrido la mayor parte de su vida: San Carlos.
San Carlos, municipio del oriente antioqueño ha sido uno de los más golpeados por la violencia en Antioquia y el país. De acuerdo con datos del Centro Nacional de Memoria Histórica allí ocurrieron 33 masacres, más de 600 homicidios, más de un centenar de víctimas de desaparición forzada, decenas de víctimas de minas antipersonal y alrededor de 18.000 a 20.000 personas desplazadas. Para entender mejor la magnitud de lo ocurrido, en una década entre los 80 y los 90 el pueblo pasó de 26.000 habitantes a alrededor de 11.000. De 76 veredas, poco menos de la mitad quedaron in habitadas.
Toda esta violencia la vivió en carne propia doña Pastora. Arrancó con el asesinato de su padre, en la llamada época de la “Violencia” entre conservadores y liberales, cuando ella apenas era una niña. Más adelante, perdió a dos de sus hijos en el conflicto armado más reciente. Uno fue asesinado y una hija sufrió desapareción forzada.
Ella narra la historia, su historia, con claridad, con cierta distancia, quizás proveniente de lo mucho que la padeció, de lo que sufrió, pero también con la sabiduría que da haber aprendido tanto de ahí, y especialmente por haber pasado del odio y el rencor al perdón genuino.
Cuando mataron a su padre, ella supo quién era el asesino. Un vecino de esas tierras. Desde ese día ella decidió que quería vengarse. Iba a matar a ese hombre que le había arrebatado al amado padre. Su familia había tenido que huir de la vereda y trasladarse al pueblo. Fue pasando el tiempo y aunque su corazón no olvidaba lo sucedido, otros asuntos emergieron. La abuela le enseñó como bien pudo a leer y escribir, porque la Pastora rebelde no encajaba en las aulas escolares. Y poco a poco su liderazgo fue emergiendo, como cuando quisieron negarle su derecho al voto porque era el opuesto al que la mayoría del pueblo iba a votar, y ella se opuso con fiereza a tal atrevimiento.
Quizás por la valentía demostrada en aquella ocasión, fue tomada en cuenta para trabajar en el servicio público. Allí estuvo por muchos años.
Por azares del destino, se encontró con el asesino de su padre. Ella rememoró la sed de venganza, pero cuando estuvo frente al hombre y lo vio enfermo, casi postrado, y en condiciones económicas muy precarias sintió que la vida, quizás sin proponérselo, ya se había cobrado la muerte de su padre. Al contrario de querer vengarse, su corazón se volcó a ayudar a ese hombre y su familia.
Pero la vida le tenía más sorpresas. Acababan de asesinar a su hijo, ella no lo sabía. De pronto, en la calle se encontró con un joven mal herido. Ella como pudo lo ayudó, lo llevó a su casa, pues el joven se negaba a ir a un centro asistencial. Estando allí, y luego de prestar los primeros auxilios, ella le pidió que se cambiara la ropa ensangrentada en una habitación de la casa. De pronto, ella entra y encuentra al joven mirando casi aterrorizado las fotos de su hijo. Él le dice, pero qué hacen aquí estas fotos, a este muchacho lo maté yo, y ella le responde casi a punto de desfallecer, “Ese es mi hijo”.
De nuevo, ella no responde con venganza ni odio. Quizás la experiencia vivida con el padre le ayudó a entender y sobrellevar el dolor de forma distinta a lo que casi todos esperan.
Pastora repite insistentemente en nuestra conversación que lo que más desea es que las nuevas generaciones conozcan la verdad, no repitan la historia de violencia, cuenten con oportunidades para que Colombia sea un país más equitativo. Que los niños de las veredas tengan zapatos para ir a la escuela y alimento para aprender.
Para cultivar la memoria, ayudó a crear años atrás el Centro de Acercamiento para la Reconciliación y la Reparación- CARE- en San Carlos, convirtiéndose en uno de los principales referentes de memoria histórica, reconciliación y dignificación de víctimas en el país. Aunque el Centro hoy enfrenta una disputa administrativa y no está abierto al público, con seguridad pronto lo estará.
Para mi esta conversación fue muy emotiva. En medio de disputas políticas de la izquierda y la derecha, veo en doña Pastora un palpable ejemplo de las posibilidades que tenemos como sociedad para construir memoria, reparar, no repetir y cambiar la historia para millones de niños y jóvenes que aspiran a un futuro mejor, libre de violencias y con oportunidades reales de progreso. Por más líderes como ella, Colombia los necesita.
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