Los hijos de Noé

Por esos extraños engranajes de la vida que algunos llaman destino y otros azar, la misma semana en la que el líder espiritual de la manada abelardista, Carlos Alonso Lucio, describía el proceso de empalme con la metáfora del arca de Noé, inicié la lectura de un libro maravilloso titulado Una historia del mundo en 10 capítulos y medio del reciente ganador del Premio Princesa de Asturias, Julian Barnes.  El autor, quien también ha ganado buena parte de los premios literarios de habla inglesa, empieza esta muy particular e inteligente novela con una cómica y satírica historia del pasaje bíblico del diluvio que encaja perfecto con el discurso y el estilo del gobierno electo de nuestro país.

El narrador de la aventura naval en la versión Barnes es un gorgojo que, con 6 de sus compañeros, se cuela en el arca y desde su escondite nos cuenta lo que realmente ocurrió en tan famosa travesía. Noe, el viejo patriarca quien según las escrituras tenía 600 años, construyó el arca de madera de ciprés -como lo ordenó Dios- por lo cual, los gorgojos, obviamente, no eran bienvenidos y se consideraban “impuros” y peligrosos.  Y ese es el primer asunto que pone sobre la mesa nuestro insecto infiltrado: ¿Cuáles animales clasificaron para la salvación y cuáles no?  La versión rosa de la historia dice que se salvaron todos las especies terrestres y voladoras, pero nuestro amigo gorgojo nos recuerda que solo las especies cercanas a la zona de agrupamiento y aquellas de carácter competitivo (las convocaron a una contienda) lograron llegar. Miles de especies no se trasladaron a tiempo y otras tantas no aceptaron el reto del viejo, porque esa no era su naturaleza. “¿Cómo llamarías eso, selección natural? Yo lo llamaría pura incompetencia”, afirma el gorgojo. Adicionalmente, algunas especies que Noé y su familia consideraban “puras” entraron no en pares sino de a 7, porque su objetivo no era solo sobrevivir, sino servir de alimentos. El que clasifica, come.

Y luego está Noé. Las escrituras nos dicen que era el más justo, el más piadoso y el más ético de los hombres de su época y por eso fue el encargado de llevar a cabo el designio divino.  Desde las vigas del arca, no obstante, nos pintan un personaje muy distinto. Dictatorial, fanático, ignorante y borracho. Inseguro de su liderazgo, obsesionado con la “pureza” de las especies y en constante estado de ebriedad a pesar de que la biblia solo habla de su problema de trago cuando las aguas se retiran y él se dedica a su viñedo.  Francamente, me parece más convincente la versión del bicho.

Finalmente, necesitábamos que un insecto nos recordara que Noé, a diferencia de otros patriarcas como Moises y Abraham, no hizo absolutamente nada por salvar al resto de la humanidad. Muy animalista, pero en lo que respecta a la especie humana el viejo demostró que lo único que le importaba era salvar a su familia. Los demás que se ahogaran. Una familia que, como se narra en la novela, no era propiamente el ejemplo de virtud. 

Se entiende mejor entonces por qué el nuevo gobierno introduce la narrativa del arca de Noé para preparar su llegada.  Un estafador condenado por la Corte Suprema de Justicia, ex guerrillero, cercano a los Nule y a los Moreno Rojas y defensor tanto de los paramilitares como de Ernesto Samper, recibe el llamado de Dios para que reúna a su familia y con ella a las pobres especies que están a punto de ahogarse por orden de los cielos. Su objetivo es meterlos al arca y salvarlos.  Él, en su infinita sabiduría y bondad, escogerá quiénes tienen cupo, quiénes son “puros” e “impuros”, quiénes serán alimento y quiénes se ahogarán por obra y gracia del Dios todopoderoso. Recuerden que el nuevo Noé ya había promovido un referendo buscando que se prohibiera a las parejas del mismo sexo adoptar.  Por aquello de la “pureza”, obviamente.   

Oyendo a Lucio y los aplausos que cerraron su discurso del arca y constatando que una parte importante del país, que llevaba 4 años denunciando el poder de los ex guerrilleros del M-19 y señalando a gritos a los corruptos que gobernaban (la mayoría sin condenas de la CSJ), se mantiene en el más sepulcral silencio, recordé las palabras del gorgojo colado en la nave salvadora: “Si piensan que estoy siendo polémico, probablemente se deba a que su especie —espero que no les importe que diga esto— es tan irremediablemente dogmática. Creen lo que quieren creer, y siguen creyéndolo. Pero claro, después de todo, ustedes, todos, llevan los genes de Noé”.

Aún no hemos hablado del fin del relato del arca. Un final que Lucio, como buen dogmático, evita conscientemente.  Resulta que una vez se retiran las aguas y Noé, su familia y los animales que bajan del arca inician el proceso de repoblación de la tierra, Dios de manera unilateral acuerda (Pacto Noájico) que no volverá a aniquilar la vida y que en adelante se preservarán los ciclos naturales.  Se permitió el consumo de carne, se prohibió expresamente el homicidio y el hurto y, ojo a esto, Dios dejó una señal para recordarle a los seres humanos que las tormentas nunca volverían a ser exterminadoras y que cabíamos todos bajo la bóveda celeste.  Esa señal fue el arcoíris.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-londono/

5/5 - (2 votos)

Compartir

Te podría interesar