Nunca he tenido el miedo de mirar a ambos lados de la calle cuando paso por la acera, con la paranoia de que alguien me esté siguiendo. No he tenido que evitar calles desoladas o con baja iluminación por temor a que me asalten o me abusen. No he pensado en tener que hablar «educada» o «moderadamente» cuando me menosprecian, me tratan con desdén o con condescendencia, sea en el trabajo, la universidad, el colegio, con mi propia familia, amigos o desconocidos. Como hombre, no he vivido eso.
La primera vez que me hablaron de feminismo fue en mi adolescencia. Me hablaron de un histórico esfuerzo monumental -desde diversas corrientes y distintas luchas estructurales- que ha contrapuesto la idea de un mundo no solamente construido por los hombres, con una tradición cultural que ha resquebrajado el tejido social de la civilización durante los últimos milenios.
Esa tradición del patriarcado ha dado rienda suelta a comportamientos más extremos, como los que supone el machismo. Y eso que, cuando conocí el feminismo, ni siquiera entendía bien qué era el machismo. Ya tenía la tarea de comprender en qué consistía cada cosa y cómo afectaba la una a la otra.
Ahora, que sigo sin saber mucho, percibo un mundo atenazado por una estructura que instrumentaliza el cuerpo humano. Instrumentaliza la integridad corporal tanto de hombres como de mujeres, al justificar tenuemente que nuestros cuerpos se pueden publicitar, vender, consumir, maltratar y sexualizar como parte de un entretenimiento generalizado que se disfraza de «cultura».
Las modas, la música y el cine, baluartes para separar a hombres y mujeres de su propia dignidad corporal.
Conocer el feminismo en el siglo XXI ha tenido sus matices. Ser ajeno a todas las marchas, campañas sociales, movimientos políticos, redes sociales, debates, protestas y avanzadas lideradas por mujeres, cada una bajo razones y corrientes distintas del feminismo; ha puesto sobre la mesa, para nosotros los hombres, una seria conversación sobre las difíciles realidades que se viven en paralelo a un mundo en el que no sentimos la misma represión que las mujeres.
Dentro de cada género, cada persona vive una experiencia diferente, mas no se puede obviar que distintas experiencias pueden derivar de una desigualdad transversal, que sobrevive y evoluciona gracias al sistema patriarcal de hoy.
Una conversación que nos expone una realidad en la que buena parte de nuestro género masculino ha sido perpetradora de abusos, violaciones, manipulación, represión y feminicidios, vistos en relaciones familiares, relaciones personales, relaciones de trabajo, con personas conocidas y desconocidas.
Una realidad que resulta terrorífica y que ha ampliado la distancia entre hombres y mujeres a magnitudes que han erosionado la confianza entre las partes. Incluso, nos ha llevado a tenernos miedo entre los géneros y miedo hacia nosotros mismos.
Lo que he visto de lo que es ser mujer es llevar a cabo una vida de íntimos ajustes para encajar en un arquetipo que ordena la sumisión, la docilidad, la complacencia y un rol que «no incomode a nadie», que «se vea pulcro y ordenado siempre», que «no sea agresivo ni disruptivo con los demás», entre innumerables «códigos de conducta».
Asfixiarse sutilmente todos los días bajo alguna norma social implícita, en paralelo a una potencial amenaza que representa la sola presencia de los hombres, es, en parte, la prisión moderna más sofisticada que enfrentan miles de millones de mujeres todos los días. Y esas son las «afortunadas».
Sabiendo que existen regiones del mundo con tradiciones teocéntricas tan arraigadas, donde se controla la ropa que una mujer debería vestir, se controla lo que «debería aprender» y hasta se controla lo que debería decir y pensar.
Nuestra sociedad, aunque moderna en algunos aspectos, sigue siendo bastante precaria para las mujeres. Y esa precariedad suele pasar desapercibida. Incluso es impulsada por dinámicas sistémicas que nos atraviesan a todos.
Porque el sistema que nos ha dotado de ventajas a nosotros los hombres, en donde no damos cuenta de la desigualdad cuyo ruidoso silencio cada vez es más fuerte.
Este sistema, en el que una porción abrumadora de hombres nos hemos sentido alienados, ignorantes e insensibilizados frente a la existencia del feminismo, impone roles que reducen nuestra libertad a «machitos fuertes», cuya represión emocional ha desencadenado actitudes y tendencias violentas entre nosotros y hacia las mujeres.
Incluso, siento que el sistema ha facilitado la división entre el mismo género femenino, obstruyendo su capacidad de organizarse y dar una avanzada colectiva que incida en la sociedad.
Como hombre, confieso que cada vez que se habla de feminismo se me hace un nudo en la garganta por miedo a no saber qué decir; por no entender bien y por procurar no dar una opinión errada o algún punto que se malinterprete y me cueste hacer el ridículo o me haga quedar como irrespetuoso o vulgar. Tal vez esa sea la realidad de muchos. Tal vez no.
No puedo hablar por otros hombres y su interpretación de un tema tan sensible como el de los males a los que el feminismo se opone. Solo puedo decir que, a mi parecer, sin saber mucho de sus principios y objetivos específicos, el feminismo es una lucha contrahegemónica. Una revolución social de la que se puede intuir qué es lo que busca al ver todas las problemáticas a las que se opone.
Es un férreo debate sobre nuestras fallas como humanidad, en un mundo que hace esfuerzos por el «progreso general», pero que ignora el retroceso humano que se ha vivido hacia las mujeres. Un mundo que ha buscado ser más «civilizado», pero que incurre en tendencias salvajes y arbitrarias que atentan contra la integridad de todos.
Y hoy ese mundo se ha vuelto más violento, dado que estamos viviendo un momento en el que fuerzas políticas pretenden exterminar el sufragio femenino, bajo una agenda conservadora que busca retornar al statu quo que durante tantos años el feminismo ha luchado por dejar atrás.
Y nosotros, los hombres, tan ajenos como ingenuamente cómplices del sistema, no ubicamos bien qué es lo que se espera de nosotros en un momento tan complejo.
Para mí, entender el feminismo como hombre es entender que hay madres, hermanas, amigas, parejas, maestras, mentoras y millones de mujeres con las que interactuamos todos los días, a quienes la sociedad como un todo, y especialmente los hombres, les debemos mucho, sea desde su presencia en incontables vocaciones humanas que garantizan la continuidad del mundo.
Y es por ello por lo que entenderlo como hombre es entender las brutales diferencias en todos los aspectos de la vida diaria, exponiendo la necesidad de una igualdad de derechos, honra y legitimidad, más allá de las mujeres que conozcamos en nuestro círculo cercano, sino también de aquellas desconocidas, porque son tan humanas como nosotros, tan humanas como todas y todos los demás.
Entender el feminismo como hombre, más allá de la empatía y de reconocer la dignidad en las mujeres, es contribuir al cambio estructural desde la introspección de nuestro pensar masculino y actuar desde una mentalidad distinta.
Actuar desde el trato decente en lo cotidiano, actuar desde la escucha en los debates políticos, actuar desde reconocer y legitimar la participación, las vivencias, la interseccionalidad, la transversalidad, la agencia y la autonomía del feminismo en su iniciativa de un mundo equitativo para hombres y mujeres.
También es entender las razones y corrientes de feminismos de índole radical y liberal, entre muchas otras.
Para mí, entender el feminismo como hombre es encontrarse con las partes que constituyen nuestra humanidad, desde el sentido que le dan las partes entre hombres y mujeres. Es devolverles la dignidad a los cuerpos.
Es detener nuestros impulsos salvajes, partiendo desde una profunda introspección, y reconocer que somos más que nihilismo o hedonismo comercializado, en un mundo que cada vez nos divide bajo su sutil violencia.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-sarria/