He tenido esta conversación demasiadas veces en el último año, sobre todo durante la campaña presidencial. Cualquier cuestionamiento, cualquier crítica, terminaba reducida a una frase: “Es que es de derecha”. Y ahí se acababa el debate.
No sé en qué momento nos volvimos tan simplistas. Tan sectarios. Tan dispuestos a creer que una etiqueta basta para definir a una persona, sus ideas y sus actos. Las personas somos más complejas que eso. Y los problemas de Colombia también. Por eso me cuesta creerle a quien siempre tiene la respuesta fácil.
Yo creo en las empresas como motor de progreso. Estoy convencido de que sin empleo, inversión y competitividad es imposible sacar adelante al país. Pero también creo que millones de colombianos no podrán competir en igualdad si antes no tienen acceso real a educación de calidad, salud, seguridad y oportunidades. No veo contradicción entre esas dos cosas.
El problema es que los extremos sí la ven. De un lado, persiste la idea de que el empresario es el enemigo, una narrativa tan vieja como injusta. Del otro, se sataniza cualquier preocupación por el medio ambiente, los derechos de las mujeres y de las comunidades LGBT, o las causas sociales, como si preocuparse por eso fuera, por definición, “ser de izquierda”.
Los extremos necesitan enemigos. Si no los encuentran, los inventan. Porque es mucho más fácil movilizar a la gente cuando hay alguien a quien señalar.
Y así dejamos de discutir ideas. Ya no importa si un argumento es sólido o débil; lo único que importa es de qué lado viene quien lo dice. Esa lógica termina justificando lo injustificable: concejales que amenazan con bates, alcaldes que gobiernan desde el insulto en redes, candidatos con comportamientos machistas o denuncias graves.
Tal vez el problema nunca ha sido la derecha ni la izquierda. El verdadero problema es esa costumbre de convertir la afinidad política en un cheque en blanco. Porque cuando elegimos a alguien no solo escogemos un modelo económico: le estamos entregando poder. Y el poder exige carácter, exige formas, exige cómo trata al que piensa distinto.
Los líderes no solo toman decisiones; marcan el tono de la vida pública. Cuando desde el poder se insulta, se descalifica o se desprecia al otro, esas conductas dejan de ser la excepción y se vuelven normales. Las palabras importan. Moldean la convivencia.
Si dejamos de exigir estándares mínimos solo porque el gobernante es “de los nuestros”, el resultado es predecible: o viene alguien del mismo lado prometiendo lo mismo pero con más rabia y menos límites, o empujamos a la gente hacia el extremo contrario. En ambos casos, perdemos todos.
Ojalá llegue el día en que la respuesta a una crítica no sea “es de derecha” ni “es de izquierda”. Ojalá volvamos a discutir argumentos, comportamientos y resultados. Porque el problema no empieza cuando alguien se declara de un lado o del otro. El problema empieza cuando dejamos de hacer preguntas solo porque habla desde nuestra propia orilla.
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