Miles de fieles católicos caminan raudos al encuentro con San Pedro. En la Plaza, a unos 100 metros de la basílica, un mendigo pide limosna. Clama por algunas monedas que le calmen el hambre. Ruega por un plato de comida que le recuerde que Dios no lo ha olvidado. Los visitantes ni lo miran. Lo atraviesan sin notarlo. Su presencia es invisible, se oculta en el afán de los turistas por llegar a la entrada del templo.
Recordé esta escena escuchando a Renzo Pons, el niño argentino que le habló al papa León XIV en el barrio del Raval durante su visita a Barcelona. “¿Por qué hay tantas personas que viven en la calle? nadie los ve, nadie los ayuda” le dijo en medio de una bella e inocente conciencia de clase. Renzo tiene razón, nadie los ve, incluso los católicos que dicen profesar las enseñanzas de San Francisco de Asís, pasan de largo.
Y no solo no los ven, o no los ayudan. Vivimos en un mundo en el que las representaciones sociales ponen en el centro la acción individual, el rendimiento y el mérito propio. Ese imaginario social no solamente invisibiliza a las personas pobres, sino que justifica su suerte. Dice Michael Sandel — y esto yo lo repito como si fuera un salmo — que el neoliberalismo reproduce la tiranía del mérito, la idea de que la pobreza y la riqueza son producto fundamentalmente de la acción individual, del esfuerzo, del trabajo duro.
La respuesta de la sociedad del mérito a la pregunta de Renzo es: “hay tanta gente que vive en la calle porque no se esforzaron, porque no trabajaron lo suficiente”. El mercado, esa fuerza todopoderosa y justa, premia a quien se esfuerza. Quienes no lo hacen están condenados a vivir en estas condiciones. Este modo de entender la pobreza es recurrente en las conversaciones cotidianas. La Encuesta Mundial de Valores muestra que la mayoría de personas alrededor del mundo piensan que el éxito en la vida es una cuestión más de trabajo duro, que de suerte y conexiones. La lotería del nacimiento, el azar de nacer en cierto hogar, no hace parte de las valoraciones sociales alrededor de la pobreza o la riqueza.
Además, hay diseñadores de política pública y asesores de estrategia empresarial que son fieles seguidores de la tiranía del mérito y de la promoción de esta infamia en general. Es decir, la responsabilidad individual sobre la pobreza no es solo una opinión que va en contra de la evidencia disponible, sino que deriva en políticas públicas y acciones institucionales.
Renzo, en Colombia hay 4,9 millones de personas que viven en pobreza extrema. Es decir, casi cinco millones que sobreviven con menos 236.580 pesos al mes. Hay también personas como Rafael Tobías Martínez, quien sale todos los días a recoger material reciclable, trabaja con esfuerzo y, aun así, muchas veces pasa hambre. Como Rafael, hay millones de personas en el mundo que madrugan, trabajan duro y hacen todo lo que esta sociedad dice que deberían hacer, pero continúan atrapadas en la pobreza más dolorosa.
La pregunta que hizo este niño es la que todos y todas nos deberíamos hacer. La respuesta infame es decir que los pobres son responsables de su pobreza. La respuesta justa comienza cuando dejamos de culparlos y empezamos, por fin, a verlos.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/