Hace años que en Medellín nos acostumbramos a mirar el Metro no como un sistema de transporte, sino como nuestro trofeo moral. Nos dijeron y nos lo creímos, que esos rieles que parten el valle en dos eran la prueba reina de nuestra superioridad civilizatoria. Mientras el resto del país se hundía en el caos del transporte caótico o informal, aquí guardábamos la fila, no arrojábamos papeles al piso y bajábamos la voz al entrar al vagón. La «Cultura Metro» se convirtió en nuestra religión laica, un relato de pulcritud que nos salvaba de la cruda realidad exterior. Pero los relatos, por bien escritos que estén, sufren el desgaste de los años ñ. Una empresa no se sostiene para siempre de la pura nostalgia ni de las glorias pasadas.
Nadie niega lo que el sistema significó en su momento: un refugio de orden en la ciudad. El problema es que nos quedamos viviendo en ese recuerdo, convencidos de que limpiar el vagón era equivalente a la eficiencia del sistema . Hoy, volteando la mirada a los sistemas de transporte de otras partes del mundo, se hacen evidentes las grietas. El Metro de Medellín se está quedando viejo en lo que hoy más importa: la vida diaria del usuario y la resistencia a la adaptación.
El retraso tecnológico es un asunto de terquedad administrativa. Mientras en cualquier otra ciudad el pasajero simplemente desliza su tarjeta de crédito o su teléfono por el lector del torniquete y sigue su camino, aquí seguimos encadenados a la tarjeta Cívica o a una aplicación móvil que parece diseñada para ensayar la paciencia humana. A más de uno nos ha pasado: llegar con el tiempo justo, ver la fila inmensa para recargar el plástico en la taquilla y optar por abrir la aplicación. Ahí empieza el verdadero calvario. La plataforma se cae, el código QR no genera el viaje, el lector no reconoce la pantalla y el saldo, ya debitado del banco, se pierde en el limbo digital de la empresa. Al final, el pasajero queda atrapado en el torniquete, retrasado para su trabajo.
Esa es la grieta en el relato. Sin embargo, culpar de todo este tierrero exclusivamente a la administración del Metro sería una ligereza. El problema real hoy es mucho más grave que la obsolescencia tecnológica: el Metro se está desgastando por dentro. Ahora el asunto son las catenarias que se revientan con cualquier aguacero dejando a media ciudad varada a pie bajo la lluvia, la socavación de las vías junto al río que amenaza la línea, y unas estaciones principales que colapsan por completo en las horas pico, convertidas en embudos humanos que el sistema ya no digiere.
Mantener este aparato en un valle estrecho, con un clima cada vez más loco, desborda por completo la chequera local y las recargas de las taquillas. El Metro ya cumplió su mayoría de edad; valoramos lo que representa y lo que nos cuidó, pero proyectarlo al futuro exige un esfuerzo de otra escala. Salvarlo de este envejecimiento prematuro requiere una visión de largo alcance y alianzas público-privadas enormes que inyecten capital en serio para renovar la infraestructura crítica. Una empresa no vive solo de la narrativa, y la nuestra necesita plata e ingeniería urgente si no quiere terminar convertida en lo que tanto criticamos de otras ciudades del país.
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