La noticia es difícil de creer: que Campaz no pudo volver al país por las amenazas en redes.
Hace apenas diez días se celebró el aniversario del asesinato de Andrés Escobar. Me lo sé de memoria por una razón personal: al papá lo habían asesinado seis años antes. Su familia y la mía tenemos algo en común para siempre: todos los dos de julio son el triste día de los muertos.
En 1994 yo tenía siete años y como a mi mamá siempre le ha gustado ver el Mundial, habíamos visto juntas el autogol. Estaba niña, pero incluso entonces —y todavía— no entendía —ni entiendo— por qué matar a alguien y, menos, por qué por un juego.
Quizá nos han enseñado poco sobre la frustración. O sobre perder. O sobre lo que es un juego. Y no porque no crea que el fútbol no es político.
Pero es algo más profundo: vivimos en un país donde la violencia es parte de la vida cotidiana.
Hay gente que resuelve con bala.
Alguien decía hace días en un chat que este país no es únicamente violento y que la mayoría de la gente no es violenta.
No tengo dudas de que la mayoría no somos violentos. Estoy de acuerdo en que hay que decirlo: somos más.
Y, sin embargo, para que la violencia siga ahí (ya se parece al dinosaurio de Monterroso) no se necesita que todos seamos violentos, basta que lo sean unos cuantos para que suframos incluso quienes no queremos ser parte.
Parece obvio decirlo, pero hay que decirlo: hubiera preferido que no mataran al papá. Pero alguien violento le pareció que había que desaparecerlo porque pensaba diferente. El papá no era violento, pero pensaba diferente: era un líder social de izquierda.
Y por eso yo sí creo que los discursos violentos son peligrosos en un país donde la violencia existe —aunque no todos seamos violentos—. Solo por traer una de las cifras: en 2025, según Indepaz, asesinaron a 187 líderes sociales.
La violencia ha venido de muchas partes: de los grupos criminales, de las guerrillas, de los paras, del propio Estado. Ajá: del propio Estado. Que no se nos olvide la Unión Patriótica y los Falsos Positivos. Este viernes El Tribunal Administrativo de Cundinamarca confirmó la responsabilidad de la Policía en la muerte de Dilan Mauricio Cruz: tenía 18 años, estaba protestando, lo mató una munición que disparó el Esmad.
No todos somos violentos, pero quiénes lo son.
Un concejal con un bate incitando es un acto violento que puede sumar a muchos más.
Por eso sí es importante que los discursos cambien, y cambien desde arriba, desde los que tienen que dar ejemplo: el presidente que sale y el presidente que entra, por empezar.
No es justo que un jugador que la dio toda, pero se le fue el gol, porque así es el fútbol, porque así somos los seres humanos, no pueda regresar tranquilo a su país.
Cómo regresar si el pasado ya nos lo ha mostrado: lo pueden matar.
La posibilidad existe.
Porque nunca se sabe cuándo las amenazas en redes, ahora que es tan fácil decir e insultar, pueden convertirse en un asesinato.
No todos somos violentos, pero hay violentos y son suficientes para que la violencia sea parte de la vida colombiana. Porque lo es.
Y la cosa es esta: no todos somos violentos, pero muchas veces somos indiferentes.
Indiferentes con las víctimas, con la memoria, con el dolor.
Porque las víctimas están muy lejos para entender que la violencia, cuando se entra, incluso por una ranura de la puerta, ya nunca más se vuelve a ir.
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